Cuando decidí empezar este camino de convertirme en escritor… bueno, lo de escritor me queda muy grande. Digamos… persona que escribe. Sí, eso está mejor. De hecho, tampoco lo decidí. Fue algo que surgió de mi interior.

—Eso queda mejor, más poético. Úsalo.
—Tsssch… calla, Ago. ¿No ves que todavía no es tu turno?
—Es que te estás yendo por las ramas.
—Ya lo sé. Pero es el primer post y quiero parecer culto. Escóndete; ahora te aviso.
—Está bien. Pero ese punto y coma ahí no queda bien.
—¡Silencio!

Pues eso, como iba diciendo… Cuando de mi interior surgió… ¿qué surgió? ¿la idea? ¿el sentimiento? ¿el germen?

—¡Da igual! Pon lo que sea, si nadie lo va a leer.
—¡Quieres callarte!

En fin… Cuando empecé a escribir, pensé —iluso de mí— que pasaría horas y horas creando historias super originales, imaginando mundos increíbles y desarrollando personajes inolvidables. Así sin más. Lo creía, en serio. Hasta que mostré mis primeros textos y… sí, lo adivinaste; eran malos.

Yo que albergaba la esperanza de ser El Elegido, El Neo de la literatura, El que no arde, El rompedor de cadenas, El… ah, no, calla, que eso es de otra saga… me estoy liando. Vamos,  que lo que yo pensaba era que…

—Qué ibas a partir la pana.
—¡Dios, que cansina eres!
—¿Acaso es mentira?
—No. Pero deja que lo cuente yo ¿no?
—Como quieras.

Lo que yo creía era que con mi primer relato, con mi primera novela… encandilaría a todos. ¿Por qué no? Hay mucha gente que lo ha logrado. Me contó un amigo una vez, que su cuñado le dijo que… Bueno, da lo mismo. Estaba un poco flipao, es verdad. Y todo fue culpa del señor Ego.

—¿Señor Ego? ¿Está ahí? Que le toca a usted. Es su turno.
—¿Hola? ¿Hola? ¿Se me escucha?
—Esto no es la radio. Tan sólo escriba.
—Está bien, joven. He de reconocer que le está quedando un escrito de lo más original.
—Gracias, pero ese no es el tema. Me gustaría que le contara a los lectores —o lector— por qué me convenció de que lo iba a hacer tan bien a la primera. Sin tener apenas experiencia.
—Pues verá, le he estado observando durante mucho tiempo y considero, es más, afirmo, que tiene usted un gran potencial. Ha leído mucho a lo largo de los años y aunque no lo crea, también ha escrito una gran variedad de textos. Algunos a tener en gran consideración…
—Gracias, pero eso no me ayuda. No puedo empezar a hacer algo creyéndome el no va más. Usted, señor Ego, con toda su experiencia, podría ayudarme a recorrer este camino con paso firme y buena letra.
—Ale, venga. Encima tirando de tópicos y frases hechas.
Ago, deja que termine de hablar con el señor Ego. Por favor.
—Joven, antes de seguir con nuestra charla me gustaría informarle de que mi nombre no es Ego, sino…
—Lo sé, lo sé. Pero no se me dan bien los nombres aristocráticos y menos si son extranjeros. Espero que no le importe.
—Si es por eso, no hay problema. Lo entiendo, joven.
—¡Eh! que el mío tampoco es Ago. Además, no hace falta escribirlo en cursiva.
—Ya, pero tu eres una agorera. Te viene que ni pintado.
—¡Otro tópico! ¿Es que no tienes más vocabulario?
—Bueno, ¡ya está bien! Voy a terminar el post de una vez. Si me dejáis…
—Ahí, ahí. Abusando de los puntos suspensivos.
—¡Arrrggg!
—Está bien, está bien. Ya me callo.

Veamos… ¿por dónde iba? Ah, sí, eso…
Creía que este iba a ser un trayecto solitario. ¿Pero qué sentido tiene escribir si nadie lo va a leer? Lo que he aprendido en todo este tiempo —poco más de un año— es que nunca se deja de aprender. Y que la mejor manera de mejorar y progresar es compartir, mostrar, escuchar y dejarse aconsejar por los que han pasado previamente por tu mismo camino.

Sé que me queda mucho por andar y que no podré hacerlo solo. Te necesito a ti, lector. ¿Me acompañas en este viaje?

—Un poco cursi esa última frase ¿no? Además, ¿por qué lector y no lectora?
—Buff, no puedo más ¡Tira, anda! Que me has jodido el post…
—En mi opinión, la última frase tiene una prosa muy conseguida. Se nota la influencia de…
—Gracias, señor Ego. Pero no hace falta que diga nada. ¿Puede cerrar la puerta al salir?
—Como guste, joven.

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