Todos tenemos una primera vez, un momento en el cual… A ver, antes de que alguien se imagine lo que no es; esto no va de sexo. Vale, veo que la pareja del fondo se levanta ¿alguien más…? Voy a hablar de literatura —también de cine— que es de lo que va la temática del blog. Para otro tipo de cosas os sugiero visitar el que comparto con Miriam: Los ZusammenVaya, otro que se va ¡Espero que vayas a visitar el blog que acabo de mencionar! Bueno, ya está bien. Voy a cerrar con llave para que nadie más pueda huir.
¿Qué estaba diciendo…? Da lo mismo, empiezo otra vez.

Cuando empezamos a realizar cualquier actividad, sea nuestro primer contacto con ella o no, hay un momento en el que sabemos si eso es para nosotros o es mejor que nos dediquemos a otra cosa. Nunca he descartado algo a las primeras de cambio, sin embargo…

—¿Cómo que no? ¿Y el Crossfit? ¿O el curso de jardinería?
Ago, por favor. Este es un post privado.
—¿Y las sesión de sado?
—¡Ya basta! ¡Al rincón! De cara a la pared.

Perdón por la interrupción… ¿por dónde íbamos? A ver… esto ya lo he dicho, esto también… Vale, ya está claro.

Como decía, llega un momento en que te das cuenta de si lo que estás haciendo tendrá cabida tu día a día o no. Ese punto de inflexión puede ser una persona, un comentario cualquiera o una simple anécdota. En mi caso, fue una película la que motivó un cambio de actitud respecto a la literatura, y a los libros en general.

Corría el año 2001 cuando… No, tranquilos, que no va a ser un tostón metafórico que os hará abandonar el post. ¡Por favor, no os vayáis! Prometo que seré breve. Aunque ahora mismo no me veáis, estoy poniendo los ojillos como el gato de Shrek… Gracias por vuestra paciencia (emoticono sonriente).

El caso es que durante mi infancia y adolescencia —a pesar de la insistencia de mi madre— no me llegué a aficionar a la lectura. Para eso tuvo que venir un pequeño Hobbit de la Comarca —imagino que lo habréis deducido por el título del post—, con su aventura para destruir un anillo mágico.

—Pssh, menuda aventura. Eso se hubiera solucionado con un vuelo en águila y tirando el anillo al volcán.
—¿No te he dicho que te calles?
—Pero es que…
—¡Ya está bien! Esto lo soluciono yo enseguida. Ya verás…
—¿Qué vas a hacer? ¿Dónde vas con eso? ¡No! No…
—Ale, arreglado.

Pues eso… con la Comunidad del anillo quedé enganchado, aunque aún no lo sabía. Al salir del cine fui directo a casa de un amigo —con el que había quedado previamente— y salí de allí con el segundo libro de la trilogía de El Señor de los anillos: Las dos torres.

—Mmmmmm mmmm, mmmmmm.
—¿Decías, Ago?
—Mmmm mmmmm.
—Ah, creía.

A Las dos torres, le siguieron el resto de los volúmenes de la saga —el primero llegó tras del tercero pues conocía algo la historia— y después vino El Hobbit.

Luego fui echando mano de la colección privada de mi madre, comprando mis propios libros, o sacándolos de la biblioteca. Con los años mantuve con ellos una relación intermitente aunque constante. Pero cuando me compré el lector de libros electrónico, la cosa se disparó. Y aquí sigo, con un libro en la mesita de noche y decenas en el Kindle.

Esta es la historia de cómo empezó mi idilio con la literatura, a raíz de una película. Seguro que tú también tienes la tuya ¿te animas a compartirla?

—¡Mmmmm! ¡Mmmm!
—Calla ya, cansina.

Ah, que se olvidaba. Hace poco tiempo conseguí visitar (en persona) una parte de la Tierra Media: Hobbiton. Si te apetece, puedes leer mis impresiones aquí.

Y ahora sí. Me voy que pierdo el autobús.

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