Improvisar, inventar, innovar, cambiar… Son distintas palabras para un mismo objetivo y ese no es otro que el tan conocido mantra: El que no arriesga, no gana.

En realidad es la única manera de evolucionar. Salir de tu zona de confort te obliga a reinventarte, a echar mano de tus habilidades y llevarlas al límite para poder hacer frente a lo desconocido.

Te sientes cómodo haciendo las cosas como las haces siempre: corres tus 10 km diarios , lees novelas de temática similar,  sales por lugares habituales o escribes una y otra vez el mismo tipo de historias. Y eso no está mal, lo dominas, lo tienes controlado y te sientes bien. Pero hazte esta pregunta ¿Quiero hacer más? ¿Quiero hacerlo mejor?

Y ante eso sólo hay una respuesta: haz algo distinto.

Corre tus 10 km diarios pero un poco más rápido que de costumbre. Coge un libro al azar de la biblioteca y disfrutar de sus páginas. Deja que alguien te recomiende un restaurante nuevo al que ir a cenar esta noche. 

Hay muchas formas de afrontar lo nuevo, pero hazlo con una mentalidad abierta. Lo más probable es que no te sientas cómodo al principio, tal vez no vuelvas a ir a cenar a aquel lugar o quizá no termines de leer ese libro. Da igual, lo importante es intentarlo. Los cambios necesitan tiempo.

Ya verás como tras unas cuantas veces probando hacer las cosas de otro modo, notarás una evolución y tendrás más ganas de hacer algo distinto.

Tu idea de normalidad cambiará, será más amplia y tu receptividad hacia lo nuevo crecerá.

Llevando el concepto a la generación de contenido escrito (aunque aplicable a cualquier ámbito), ¿has probado a escribir sobre aquello que no conoces?

Escribe un post sobre ese tema que te llama la atención e intenta relacionarlo con la temática de tu blog. ¿Te gusta la novela negra? Escribe una historia de fantasía, o un relato sin usar la letra «e» o una misma escena pero desde perspectivas distintas.

Cuando leo, una de las cosas que más me gustan, porque hace que la acción avance, son los diálogos. Como lector los disfruto, como escritor los sufro. Me cuesta mucho desarrollarlos y no termino nunca de saber si suenan de un modo natural. 

Para aprender un poco más sobre ello, me compré el libro Cómo escribir diálogos de Iria López Tejeiro. Una muy buena guía para tener siempre a mano. Pero como dije el otro día, para aprender a conducir hay que ponerse al volante. Por lo que decidí lanzarme a la piscina y escribí un relato hecho sólo con diálogos.

El resultado lo tenéis a continuación. Es sólo un experimento, una manera de salirme del formato al que estaba acostumbrado.

¿Y tú qué? ¿Te animas a salir de tu zona de confort?


Recaída

 

—¡Espere…! Gracias.

—De nada ¿piso?

—Diecisiete.

—¿Trabajando en fin de semana?

—No, que va. Un compañero me ha pedido un favor: recoger una cosa y llevársela a casa. Podría venir él, pero bueno… soy nuevo, él es un tío importante en la empresa…ya sabe… hoy por ti, mañana por mí. ¿Usted sí trabaja hoy?

—Sí. Tengo algo que hacer esta noche y no puede esperar.

—Seremos los únicos.

—Seguro. Desde que pusieron las puertas automáticas ya no hay ni portero.

—¿Había portero antes?

—Las veinticuatro horas.

—Interesante… ¿Cuánto hace que trabaja aquí?

—Bastante.

—Yo llevo poco más de un mes.

—Ya decía yo que no me sonaba su cara.

—Hay mucha gente en el edificio, sería raro que conociera a todo el mundo ¿no?

—No crea, soy muy bueno con las caras. Mi trabajo depende de ello. No me puedo permitir equivocarme, sería fatal para mi reputación.

—Yo soy pésimo, la verdad. Por curiosidad ¿Qué trabajo… ¡Hostia! ¿Qué ha pasado?

—Nos hemos parado ¿está usted bien?

—Sí, sí.

—No se preocupe, no es la primera vez que pasa.

—No estoy preocupado, es que tengo prisa. He dejado al taxi esperando fuera.

—Enseguida se encenderá la luz de emergencia y en un momento estaremos en marcha.

—Eso espero…

—¿Ve? Le dije que la luz volvería.

—A ver si también empezamos a movernos.

—Toque otra vez.

—He pulsado hace menos de un minuto, no creo que cambie nada.

—¡Socorro! ¡Ayuda!

—Déjelo, no hay nadie. Ya sabe que estamos solos. Tendremos que esperar.

—¡Joder!  Son ya… y veinte. Llevamos casi media hora aquí encerrados.

—Intente calmarse, no podemos hacer nada más.

—Si por lo menos hubiera cobertura.

—No hay, me he asegurado de ello… ¿Quiere uno?

—No, gracias. Lo dejé.

—¿Le importa?

—Preferiría que no, pero si le va a hacer sentir mejor, adelante.

—Esperaré un poco, sé lo difícil que es dejarlo, no quisiera ser el responsable de que vuelva a caer.

—Tuve que ir a terapia ¿sabe?

—¿Y funcionó?

—Desde hace nueve meses, catorce días… siete horas y seis minutos no he vuelto probar ninguno.

—¿Y qué tal?

—¿Usted qué cree?  Llevo la cuenta hasta de los minutos…

—Ya veo. Entonces definitivamente esperaré.

—Se lo agradezco. Volver sería como traicionarme a mí mismo… No sé si me explico.

—Perfectamente. La traición es una de mis especialidades ¿Qué mira?

—El espejo… siempre me he preguntado por qué poner aquí un espejo.

—Para que la gente se mire en él, supongo.

—Sí, claro. Pero… ¿por qué lo ponen siempre en esta parte?

—Quizás lo hagan para compensar la sensación de claustrofobia al entrar y olvidar que estamos colgados de un cable en el vacío.

—No lo había pensado de ese modo. Una vez… ¡¿Qué ha sido eso?!

—No lo sé.

—¿Nos movemos?

—No parece.

—Suena como a metal…

—Venga, no sea alarmista ¿Me echa una mano?

—¿Qué va a hacer?

—Abrir la trampilla.

—¿Pero eso es seguro?

—No tengo ni idea, pero algo habrá que hacer. ¿Puede poner las manos así?

—Espere que me quite el abrigo.

—Buena idea, yo también me lo quitaré. Vamos. Una, dos y… ¡tres! Espere que empuje… ¡Mierda!

—¿Se encuentra bien?

—Sí, por suerte. Voy a necesitar algo que sujete la trampilla mientras intento subir. ¿Me presta su maletín?

—¿El maletín? no creo que sea buena idea… Espere, quizás esto sirva.

—¿Un diccionario?

—Sí… lo uso mientras escribo. Tengo como afición escribir relatos, aunque creo que mi vocabulario no es demasiado extenso. Por eso lo uso, me ayuda a memorizar las palabras que busco. Tómelo, no pasa nada si se estropea un poco.

—Interesante… Creo que servirá. Vamos de nuevo, a la de tres. Una, dos y… ¡tres!

—¿Puede?

—Sí, espere que lo sujete…

—Un poco más a la derecha. Ahí, justo ahí.

—¡Empújeme! voy a subir.

—No sea loco, puede ser peligroso.

—¡Veo la puerta del piso de arriba! Quizás pueda abrirla.

—Pero no me deje aquí solo.

—Vuelvo enseguida. Páseme mi abrigo que aquí hace frío.

—Tenga. Se le ha caído algo… su tabaco y un papel.

—Déjelo ahí. Cierro la trampilla por si me caigo.

—¡Espere!… ¿Va todo bien? ¡Diga algo por Dios! Lleva casi cinco minutos ahí arriba… ¡A la mierda! ¡Le cojo un cigarro! Qué gusto… lo que lo he echado de menos… ¡Le guardo su papel en mi bolsillo! Bueno, la fotografía mejor dicho… Un momento, pero si este de la foto… ¡soy yo!

—Buenos días, Alberto ¿Qué haces aquí?

—Hola, Javier. Pues esperando para subir.

—¿Y esta cola?

—Sólo dejan usar los ascensores de la izquierda.

— ¿Y los otros?

—¿No te has enterado?

—¿De qué?

—El sábado se desplomó un ascensor de los de la derecha, con un tío dentro.

—¡No jodas! ¿Murió?

—Sí.

—¿Se sabe quién era?

—Uno de arriba, de los del fondo de inversión.

—Joder, qué mala suerte…

—Esta semana iban a dar una gran noticia por lo visto y este incidente ha cancelado el anuncio. Dicen que podría no ser un accidente, hablan incluso de sabotaje…

—Joder… ¿Tomamos un café y me sigues contando?

—Venga, vamos.


 

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