Hola, querida lectora, querido lector.

Hoy voy a ser breve. Hoy tan sólo quiero ofrecerte un pequeño relato que escribí hace ya unos meses. Algo sencillo, algo sobre lo que pensar.

¿Te has preguntado alguna vez si nuestros actos, nuestras pequeñas acciones, afectan a los demás? Y si es así, ¿te preocupa?

Ese papel que tiras al suelo y que luego alguien se agacha a recoger doblando la espalda de tal manera que le produce una contractura que le hace tener que ir al médico. Médico que le obliga a cogerse la baja y le impide ir al trabajo. Trabajo que aprovecha para despedirlo por ausentismo dificultando así que pueda seguir pagando la hipoteca. Hipoteca que el banco usa como excusa para desahuciarlo de su casa condenándole a vivir en la calle. Calle por la que tú paseas y dónde acabas de tirar ese papel.

Es para pensarlo ¿no crees?

Sin más, te dejo con el relato. Como siempre, si prefieres leerlo en tu dispositivo preferido, te lo puedes descargar en pdf desde aquí.

 

Consecuencias

Una puerta al abrirse rompe la quietud del exterior. A través de ella aparecen dos hombres con una extraña indumentaria. Una bóveda de cristal, que sobresale del edificio principal, es lo único que les separa de la superficie lunar. Parecen dos cachorros en el escaparate de una tienda de mascotas.

—No puedo más, Alberto —dice el más bajo mientras cierra la puerta tras de si—. Lo voy a dejar.

—Venga, Carlos, no me jodas —responde éste—. No estamos tan mal.

—¿¡Qué no estamos tan mal!?

—Al final nos irá bien —dice intentando animarle—. Sólo hay que aguantar un poco más.

—¿Y cuánto es un poco más? —responde Carlos— Llevamos aquí más de cinco años y estamos igual que al principio. Para servir comida y limpiar mesas me hubiera quedado en la Tierra —dice mientras la observa solitaria en mitad del espacio a través del cristal—. Mírala —continúa—, se está riendo de nosotros.

—¿Qué pretendes hacer? ¿Volver? —dice Alberto, después niega con la cabeza y mira al suelo— Tienes contrato, si lo rompes te arruinarías.

—Ya lo sé —responde Carlos con la mirada perdida. Tras unos instantes de silencio da un puñetazo al cristal—. ¡Joder! —exclama de rabia y dolor.

Aurelio mira el reloj ansioso. Va a llegar tarde y no quiere fastidiar las cosas en su primera semana en la Luna, no ahora que todo volvía a estar bien. Ha encontrado un buen trabajo en la empresa encargada de la construcción de la estación nueva y Lola ha dejado la Tierra por él. Se lo debe, y además es su aniversario. Decide interrumpir la segunda capa de refuerzo. Desconecta la máquina y sin tiempo para actualizar el estado del proceso en el sistema, decide escribirlo en un Post-It: «Empezar segunda fase de nuevo». Pega el papel en el propio cristal de la bóveda para que lo termine el compañero del turno de mañana y se marcha. Tras unos minutos, la nota cae al suelo. Nadie la verá.

—Nos lo vendieron de puta madre —continúa Carlos tras recuperarse del golpe—. «Ven a la Luna, todo un mundo de posibilidades». Colonos lunares, así nos llaman.

—Es lo que somos ¿no? —dice Alberto con media sonrisa— como los antiguos americanos a la conquista del oeste.

Carlos mira a Alberto y hace una mueca extraña, parece que intenta sonreír.

—En algo sí nos parecemos a los americanos —Y tras decir esto escupe al suelo—, en el tabaco de mascar de los cojones. ¡Putas normas de seguridad! Lo que daría por fumarme un cigarro.

—Hay cosas peores.

—Claro que hay cosas peores —contesta Carlos subiendo el tono de voz—. Lo que me toca los huevos es todas las mentiras que nos dijeron. Seguimos siendo un puto país de servicios, igual que en la Tierra. Lo más gracioso es que aquí ni siquiera hay mar.

Fátima tiene un problema. Es la encargada del proyecto Moonland y aún hay muchas cosas pendientes. Sus superiores le apremian a que todo esté listo para final de mes, día de la inauguración de la primera estación lunar española. Va a venir gente importante. Pero todavía hay módulos que no han pasado todas las pruebas de seguridad y no hay tiempo suficiente. No quiere que vuelvan a insinuarle que no tiene experiencia, que el cargo le queda grande. Debe demostrarles que se equivocan. Debe tomar una decisión.

—¿Cuánto hace que inauguraron esta estación? —pregunta Carlos.

—Desde el 2104… —piensa Alberto—, unos ocho años.

—Era una pregunta retórica —Reflexiona mirándose la mano herida—. La luna ha pasado a ser un destino turístico sin más, en lugar de la siguiente etapa en el futuro de la humanidad. Y nosotros estamos participando en esa pantomima.

—Estamos haciendo historia.

—Nosotros haciendo historia y los demás en la Tierra muriéndose de envidia; respirando aire natural, bañándose en el mar y tomando el sol… no te jode. Te recuerdo que para ver el cielo tenemos que salir a estas putas peceras.

—Estás siendo demasiado negativo.

—Estoy harto, Alberto. Sólo quiero salir de aquí.

Lorenzo está cansado. Lleva más de veinticuatro horas seguidas trabajando. La inauguración de  la estación está prevista en dos horas y todavía le queda por colocar la última bóveda mirador. Lo hace rápido, sin florituras. Las prisas no son buenas consejeras y no se da cuenta de que la esquina inferior, a pesar de la poca gravedad lunar, se acaba de rajar al entrar en contacto con el suelo. Son sólo un par de milímetros y no se distinguen a simple vista.

—Vamos Carlos, que los de la excursión de esta mañana deben de estar al caer y vendrán con hambre. Volvamos dentro.

—¿Sabes lo que más odio? —Se gira y le da la espalda a la Tierra—. La manía que tienen los de dirección de hacer semanas temáticas —dice ajustándose el sombrero de copa—. Puto siglo XIX.

De repente se escucha un crujido y ambos se dan la vuelta asustados. Una grieta irregular ha empezado a dibujarse en el cristal, desde la esquina inferior izquierda sube en diagonal. A través de la cúpula se ve la Tierra en el horizonte. La grieta parece atravesarla, simulando que la parte en dos. No hay tiempo para nada más. Se abre un agujero enorme en el vidrio y la diferencia de presión hace el resto.

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