Aunque llevo unos días que no doy abasto (Nueve en concreto, desde que empezó el mes de noviembre y con ello mi pesadilla), he decidido tomarme un descanso para compartir un pequeño relato.

Por cierto, el reto del NaNoWriMo lo llevo mejor de lo esperado: 16.000 palabras en la primera semana.

Antes de que me diera por esta locura de sumergirme en el mundo de la escritura, siempre me había preguntado de dónde sacaban las personas que se dedican a la creación de contenido y al arte todas sus ideas. Ahora puedo responder a esa pregunta: de todos lados.

En el trabajo, en la calle, en la televisión, en un libro, entre tus amigos, en tu edificio, en tus recuerdos, en los sueños… las musas están en cualquier sitio, sólo hay que saber buscarlas.

Sin más, os dejo con un relato surgido en parte de la imaginación, pero sobre todo del recuerdo hacia una persona muy especial.

Si prefieres leerlo en tu dispositivo preferido también te lo puedes descargar en formato pdf desde aquí.

La Inspiración

La encontré en la cocina, dónde si no. Las voces que salían de la radio me habían dado una pista, aunque ignoraba que aquel cacharro todavía funcionase. Allí estaba, encorvada hacia delante dándome la espalda. Su pelo contrastaba con aquellas ropas negras. Parecía tener problemas para atarse el delantal.

—Buenos días, abuela —dije al cabo de unos segundos.
—Buenos días —dijo dándose la vuelta con una sonrisa en la cara.
—¿Necesita ayuda?
—Pues sí —dijo levantando la cabeza. Hablar con alguien medio metro más alto que tú debía de ser muy incómodo—, me está costando mucho.
—Deje, que ya le hago yo el nudo —Mis manos rozaron las de ella, huesudas y temblorosas; estaban frías—. ¿Lo quiere detrás o al lado?
—En el costado mejor.
—Ale, ya está —Le di un beso en la cabeza—. Con un lazo para que lo pueda deshacer sin problemas.
—¡Qué guapo estás! Ven aquí —Alzó las manos para cogerme de la cara y darme dos besos.
—¿Es nuevo?
—¿El mandil?
—Sí, el delantal.
—Sí —dijo mientras lo manoseaba—. Bueno, me lo regaló tu abuelo —Se quedó mirándolo un momento—. Es la primera vez que me lo pongo.
—Pues es muy bonito —observé.
—¿A qué hora has llegado? —Las voces de la radio se apagaron y comenzó a sonar una melodía familiar.
—Pasadas las dos. Encontré mucho tráfico.
—¿Y por qué te has levantado tan pronto?
—Las vecinas —indiqué con la cabeza—, ya sabes. Se ponen a hablar a gritos y luego no hay quien pegue ojo. Entre ellas, el gallo y el ruido de las escobas al barrer la calle, me ha sido imposible.
—Es que ya no estás acostumbrado, hacía mucho que no venías —Se ajustó el delantal y me dio la espalda— ¿Qué quieres desayunar?  —Subió el volumen de la radio.
—No se preocupe, me hago ahora lo que sea.
—Siéntate ahí, anda —Me indicó con la cabeza en dirección a la mesa camilla—. Ya te lo preparo yo.
—Está bien —No tenía sentido discutir con ella.

Seguí observándola metido en las faldas de la mesa mientras hacía sus tareas. El brasero estaba encendido y era de agradecer. Me di cuenta de que el delantal era su mejor aliado, casi como para mí el blog de notas. Alcé la vista hacia arriba tras reconocer la canción que estaba sonando en la radio.
—No sabía que aún funcionara.
—¿El qué?
—La radio.
—Ah, sí —Se quedó mirándola mientras cerraba el agua del grifo—. Pero hace mucho que no la encendía.
—¿Y por qué hoy?
—Es el cumpleaños de tu abuelo —Se acercó y puso una taza recién fregada en la mesa, luego se secó las manos en el delantal— Fue nuestro regalo de bodas.
—No lo sabía.

Me levanté para ver la radio de cerca. Debía de tener más de cincuenta años pero estaba como nueva. Brillaba a la luz del sol que se colaba por la ventana. Fui a girar la rueda para cambiar de emisora.
—¡No la cambies! —dijo de pronto—. Cuesta mucho volver a coger la emisora, es una radio vieja —justificó—. Y esa es la única en la que ponen algo de copla.
—Esta canción —dije—, me suena mucho.
—Era una de las que él cantaba —Sacó un pañuelo del delantal y se secó una lágrima —¿Recuerdas lo que le gustaba cantar?
—Sí —Sonreí tras dibujar su imagen en mi mente—, aprovechaba cualquier ocasión.
—¿Quieres café? —dijo acercando la cafetera a la mesa.
—Gracias.

Derramó un poco encima del hule pero lo limpió con el pañuelo. Luego lo guardó en un bolsillo del delantal.
—¿Cuánto te vas a quedar?
—No lo sé —Me encogí de hombros—. Un tiempo —Suspiré—, necesito despejarme y encontrar algo sobre lo que escribir en mi próxima novela.
—Te puedes quedar todo lo que quieras.
—Lo sé.
—¿Y crees que lo encontrarás aquí?
—¿El qué?
—La inspiración o lo que sea que buscas —Me volvió a dar la espalda y siguió con sus quehaceres.

Me quedé mirándola un instante: sus andares, esa energía tan impropia de su edad, las vivencias que guardaría tras aquellos cabellos plateados.
—Sí —respondí—, creo que sí.

Si te ha gustado el relato puedes comentarlo, compartirlo en tus redes sociales o imprimirlo en octavillas y lanzarlas desde lo alto de un campanario.

 

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