Hoy voy a ser breve… ale ya.

Perdonad el chiste malo, pero me lo he dejado a mí mismo demasiado a huevo (si se me permite la expresión). Además, que hoy me lo puedo perdonar porque tengo algo que celebrar y es que tras un mes de lo más estresante por fin puedo anunciar que ¡He terminado el reto del NaNoWriMo!

Por si no sabéis lo que es (muy mal ¿eh?deberías llevar el blog al día), os remito a la entrada que le dediqué hace unos treinta días, justo aquí.

El caso es que he conseguido escribir en un mes —en realidad en algo menos— más de 50.000 palabras  (50.419 para ser exactos) de lo que algún día puede llegar a ser una novela. Aún me quedan dos días de reto para aumentar el número de palabras, pero creo que dejaré reposar la historia para retomarla con más ganas dentro de un tiempo. La idea del reto es que sea una novela casi terminada, pero se me ha ido un poco de las manos y todavía le faltan unas cuantas miles de palabras para llegar al final.

Hoy me gustaría compartir un cuento diferente, literalmente. El siguiente relato está basado en una historia muy conocida, que no desvelaré, pero que se puede adivinar —o eso creo— por las pistas y los nombres de ciertos personajes (o por la imagen de portada, guiño, guiño). Tan sólo he intentado darle una perspectiva distinta.

Sin más os dejo con el relato. Como siempre, si preferís leerlo desde vuestro dispositivo favorito os dejo el enlace al archivo en formato pdf para que lo descarguéis desde aquí.

Un cuento diferente

Steven Mirror deja el delantal en la encimera de la cocina y acerca los dos platos a la mesa.

—¡La cena está lista! —grita y, mientras espera sentado, sirve un poco de vino en cada copa.

—Qué bien huele —dice Alice cuando se sienta a la mesa.

—Por nosotros —propone él levantando su copa.

—Chin, chin —responde ella haciéndolas chocar.

Justo en ese instante empieza a sonar un móvil.

—Mierda, es ella otra vez —protesta Steven tras comprobar el nombre en la pantalla.

—No contestes, estamos cenando.

—No puedo —Niega con la cabeza—, es mi trabajo. Ella es mi clienta principal y quien paga todo esto —Señala lo que hay encima de la mesa y acto seguido desliza un dedo por la pantalla del teléfono—. Hola, Margaret ¿qué puedo hacer por ti?… Sí, claro que creo que tienes talento. No, eso son habladurías. Sí, sí. Claro. Tú vales mucho. Céntrate en hacer tu trabajo como sabes y ya… Está bien… Te dejo que vamos a cenar. Vale, mañana hablamos. Un beso. De tu parte.

—¿Qué le pasa ahora?

—Nada —Steven vacía la copa de un trago—, han contratado a una actriz nueva para la serie, más joven, y está empezando a robarle protagonismo. Y claro, lo lleva fatal.

—Pero eso es ley de vida ¿no?

—Ya, pero díselo tú.

— Qué mala cara traes —dice Alice al verle entrar por la puerta— ¿qué pasa?

—¿Qué pasa? —responde quitándose el abrigo con rabia—. Pues que hoy me he enterado que Margaret ha contratado a un detective privado para que encuentre trapos sucios sobre Blanca.

—¿Sobre quién?

—La actriz joven que te comenté el otro día.

—Ah, sí —contesta ella mientras le hace sitio a su lado en el sofá.

—Está paranoica —se sienta dejándose caer como un peso muerto—. Dice, palabras textuales, que quiere hacerle pedazos el corazón con sus propias manos.

—¿Pero cómo es la chica? —pregunta Alice poniendo una mano sobre su rodilla— ¿La conoces?

—Apenas—Se pasa una mano por la cara—. No sé, una chica normal. Es guapa, sí. Pero no creo que sea como Margaret dice. De hecho, he escuchado que la admira, que para ella es un referente.

—No sé, quizás sea inseguridad.

—Probablemente, pero yo ya no sé qué decirle —Lanza un suspiro—. En momentos así el que necesita un terapeuta soy yo.

Alice mete la llave en la cerradura y abre la puerta con torpeza. Las bolsas del supermercado le dificultan toda la operación. Un vez dentro escucha a Steven hablar a gritos. Se acerca al salón bolsas en mano.

—… por favor Margaret, no lo hagas. ¿Sabes que te podrían acusar de tentativa de asesinato? O peor, de asesinato, si la cosa sale mal —Steven ve a Alice y se acerca a ella— Ya lo sé, Margaret, pero eso no lo justifica todo.

Alice le interroga con la mirada y Steven se aparta el teléfono de la oreja y lo tapa con la palma de la mano.

—Le quiere hacer a Blanca una tarta que lleve un poco de crema de cacahuete —dice en voz baja— y  luego dejársela de manera anónima en su camerino con una tarjeta de felicitación.

—¿Y cuál es el problema? —pregunta Alice.

—Que Blanca es alérgica al cacahuete —Vuelve a ponerse el teléfono en la oreja—. Sí Margaret, estoy aquí, sí, te escucho. Ya pero…

Alice le quita el teléfono de la mano y se lo coloca en la oreja, mientras le indica a Steven que coja las bolsas. Él se da por vencido, se las quita de las manos a Alice y las lleva a la cocina.

—Hola, Margaret. Sí, soy Alice. Lo entiendo, pero escucha…

Steven cierra la puerta de la cocina tras de sí.

—¡Por Dios que cruz de mujer!—exclama tras dejar las bolsas en el suelo, luego abre la nevera y saca una cerveza. Se la bebe entera de un solo trago.

—Hola, cariño —dice Steven al cerrar la puerta de casa—. Tengo algo para ti.

—¿Para mí? —pregunta Alice con curiosidad— ¿Qué es?

—No lo sé —Saca un paquete pequeño de la bolsa—. Me lo ha dado Margaret, dice que es un regalo.

Alice coge el paquete y lo abre con cuidado.

—¿Un iPhone?

Los dos se miran con cara de sorpresa. Alice lo saca de la caja y en ese momento el móvil empieza a sonar.

—¿Lo cojo? —pregunta Alice.

—Cómo veas —contesta Steven dándole la espalda—, es tuyo.

—¿Diga? —responde Alice con desconfianza—. Hola, Margaret. Sí, sí, muchas gracias. No tenías por qué…

Desde la puerta de la cocina Steven observa la escena en el salón y no puede evitar seguir con la mirada la luz reflejada en la manzana mordida de la trasera del móvil.

Si te ha gustado el relato te invito a compartirlo en tus redes sociales (o en el bar de la esquina), con tu terapueta, o también lo puedes escribir en una tarjeta y enviarlo como Christmas estas próximas fiestas. Lo que prefieras.

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