El pasado 11 de Noviembre de 2016 se celebró en España (por sexto año consecutivo) el día de las librerías ¿Te enteraste? Probablemente no, pues la noticia quedó eclipsada por otros acontecimientos más relevantes que surgieron durante esa semana: la triste pérdida de Leonard Cohen, la también triste noticia de que Donald Trump será el nuevo presidente de EEUU y la desoladora (supuesta) «cobra» de David Bisbal a Chenoa que días después todavía resonaba en las mentes de los españoles.

Tampoco es de extrañar que fuera un tema poco relevante pues según el barómetro del CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas) sobre los hábitos de lectura de los españoles publicado a primeros de Octubre de 2016, casi el 40% de los encuestados aseguraba no haber leído ningún libro en los últimos 12 meses y el 70% no había visitado una librería en todo ese tiempo.

Si eres parte de ese 30% que sí ha visitado alguna librería en el último año (y si no seguro que lo habrás hecho más de una vez en tu vida) te sonará alguna de estas pequeñas acciones: observar desde lejos la cantidad de volúmenes acumulados en las estanterías, ojear la sinopsis de un libro cualquiera, empezar a leer un ejemplar que te ha llamado la atención sin ni siquiera pensar en comprarlo, preguntar a la persona encargada de la librería por alguna recomendación… todo esto y muchas más acciones son hábitos que consideramos normales.

Sin embargo esto no era lo común en el siglo XVIII y el cambio se lo debemos a un inglés llamado James Lackington.

El señor Lackington fue el encargado de crear el concepto de lo que hoy conocemos como librería moderna. Era hijo de un zapatero y durante varios años se dedicó a ese oficio. Pero parece ser que no era una profesión que le interesara demasiado y con unos veinticinco años se mudó a Londres junto a su esposa para intentar ganarse la vida de otra manera.

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La foto de perfil que James Lackington usaba en sus redes sociales de la época

En el siglo XVIII los libros eran objetos de lujo y las librerías de la época no eran lugares a los que cualquiera podía acercarse a ojear libros alegremente. La compraventa estaba regulada por reglas y costumbres demasiado elitistas. Las familias de libreros seguían viejas costumbres y sólo trataban con clientes selectos.

El negocio de libros y la edición vivía pocas novedades, hasta que llegó James Lackington con sus nuevas y arriesgadas ideas.

Lackington abrió su propia librería (que también era una zapatería) donde vendía a todo tipo de personas, no sólo a clientes con mucho dinero. Fue el primero en vender libros viejos a precios rebajados y también el primero que dejó que los clientes pudieran ojear y consultar los libros sin la obligación de comprarlos. Ofrecía salas de lectura para que los clientes pudieran ojear sus productos con total tranquilidad. Además, como novedad, decidió que no vendería libros a crédito, cosa que en aquel tiempo solía hacerse. Por lo que los clientes tenían que pagar el libro en efectivo. De ese modo (y bajando los precios) consiguió quitarle a los libros la etiqueta de productos de lujo al alcance de muy pocos.

A finales del siglo XVIII Lackington abrió (junto con otro socio) la librería por la que es recordado: The Temple of the Muses. La librería llegó a ser todo un reclamo turístico de la ciudad de Londres. Era enorme, con más de 500 mil volúmenes. Tenía el mostrador diseñado en forma de círculo en el centro de la planta baja. Constaba de cuatro pisos: cuanto más se subía, más viejos y baratos eran los libros. Con esto conseguía que los clientes recorrieran toda la librería en busca de los ejemplares más baratos. Los Best Sellers de la época los colocaba en el piso de abajo, de más fácil acceso. Vendía cerca de 100 mil libros al año y facturaba el equivalente a 600 mil euros de hoy. Fuera tenía una placa que decía: “La librería más barata del mundo”.

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The Temple of the Muses

Lackington terminó siendo rico y se retiró del negocio vendiendo la librería a un conocido. En 1841 El templo de las Musas quedó destruída en un incendio y nunca fue reconstruida.

Así que, cada vez que te acerques a una librería, recuerda que hubo un tiempo donde ese simple acto no estaba al alcance de todo el mundo y que el libre acceso al conocimiento se lo debemos (entre otros) al Señor Lackington.

Quizás te preguntes a raíz del título, qué tiene que ver Frankenstein en todo esto. Pues bien resulta que Lackington se atrevió a meterse también en el mundo de las editoriales (un mundo nada fácil), y entre muchas otras obras, se arriesgó a lanzar una primera y pequeña tirada de la obra de una chica desconocida por aquellos tiempos llamada Mary Shelley. La novela en cuestión se titulaba: Frankenstein.

Si te ha gustado la entrada puedes compartirla en tus redes sociales, con tu librero favorito o simplemente acuérdate de mí en el futuro y vuelve a visitarme. Las puertas siempre estarán abiertas.

 

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