Hola a todo el mundo.

Hoy me gustaría compartir un pequeño relato perfecto para estas fechas de frío, nieve y noches largas.

Quisiera dedicárselo a todas esas personas que como yo (como nosotros) han tenido que emigrar a otros países para buscarse las castañas y dónde las cosas no son siempre tan fáciles.

Seguro que más de una persona se puede ver reflejada en alguna de las situaciones del relato.

Sin más preámbulos, os dejo con la historia en cuestión. Si preferís leerlo en vuestro dispositivo favorito ya sabéis que podéis descargarlo desde aquí en formato pdf. Pongo siempre eset formato porque todos los e-readers, tablets, móviles y ordenadores son capaces de leerlo sin problemas, no por otra cosa.


Frío

Le veo coger su abrigo del perchero y acercarse a la mesa.
—Nos vemos la semana que viene —me dice.
—Venga, tío —protesto—. Tómate la última y luego nos vamos.
—No, gracias —Pone un billete encima de la mesa y me da una palmada en el hombro—. A la próxima invito yo —Luego se marcha.
Me quedo allí con el billete entre las manos mirándolo con ojos de besugo. «Qué gente más sosa —pienso—. En este país no saben ni divertirse».
Me termino la cerveza y saco la cartera para guardar el billete. Entonces me doy cuenta de que no me queda ni un duro y que lo de echarme la última lo tengo que dejar para otro día. Por no tener no tengo ni tarjeta de crédito. A ver cuándo voy al banco a renovarla de una vez ¡qué pereza! Si no es por su billete no podría ni pagar esta cerveza. Lo dejo debajo del vaso y salgo de allí ante la atenta mirada del camarero. No queda nadie más en el bar.

Fuera ha empezado a nevar y hace frío. Hago algunas fotos con el móvil y se las envío a mis amigos para que se compadezcan de mí. Me subo las solapas del abrigo y me las ajusto bien alrededor del cuello. Meto las manos en los bolsillos y empiezo a andar con cuidado hacia la parada. El tranvía llega puntual pero ya estoy sin batería en el móvil. Me esperan veinte minutos de total aburrimiento.
Estoy a pocas manzanas y la nieve ya se va acumulando en todas partes. ¡Qué ganas de llegar! Veo la puerta de casa, acelero el paso mientras meto la mano en el bolsillo izquierdo del pantalón y me detengo de golpe. «¡No puede ser! —exclamo en voz alta». Busco en los demás bolsillos y nada. «Me las habré dejado en el bar—pienso—. Seguro». Miro el reloj: las once y seis. Hay tiempo de sobra para ir y volver antes de que se acabe el tranvía. Salgo corriendo en dirección contraria pero doy un resbalón con una placa de hielo y casi me caigo al suelo. Será mejor ir con cuidado.

Treinta minutos más tarde estoy dando golpes a la puerta del bar. No sirve de nada. «Qué asco de país —pienso—. Qué manía con cerrar todo tan temprano». Me voy de allí para no llamar la atención. Tendré que llamar a un cerrajero para que me abra la puerta de casa y entonces se enterarán en el edificio y tendré que pagarles a todos las copias de las llaves de las nuevas cerraduras comunes. Es por seguridad, me dirán. Son nuestras costumbres, me dirán.
Pero ahora lo importante es saber qué hacer. Si estuviera en mi ciudad podría ir a casa de alguien. Pero no conozco a mucha gente por aquí y ni siquiera sé dónde viven. Son todos tan reservados…

Intento pensar dónde puedo ir a esas horas, necesito refugiarme del frío y de la nieve, pero un martes a las doce de la noche no habrá muchas opciones. Y sin dinero menos aún. Ando por las calles escrutando cada edificio, cada rincón, pero todo parece estar cerrado. No entiendo para qué vine aquí. En un año no he avanzado nada. Tengo un trabajo de mierda y una vida aún más triste. Me debería haber quedado en casa, no tendría curro pero estaría con mi gente.
Llevo un buen rato deambulando, se me empiezan a cerrar los ojos y me estoy congelando. Tengo que encontrar un sitio para pasar la noche como sea. Me llama la atención un cartel iluminado de color amarillo, ¡es un cajero! Me acerco y tiro de la puerta. ¡Abierta! «Por fin algo de suerte —pienso con alivio». Entro y noto un olor muy fuerte, como a alcantarilla. Hay alguien ahí, tumbado sobre un cartón dándome la espalda. Me siento lo más lejos que puedo pero sin perderlo de vista. Sé que no voy a pegar ojo, pero por lo menos no moriré de frío.

Me despierta un olor extraño. Un hombre enfrente de mí me mira fijamente. Es viejo, tiene mucha barba y un ridículo gorro de Santa Claus. Me aparto de él rápidamente.
—No se asuste —entiendo que me dice—. Pensé que no respiraba.
—¡No se acerque! —le grito.
Miro el reloj, son las tres y media. He dormido demasiado.
—Necesito llamar —Vuelve a hablarme—. ¿Tiene teléfono?
Lo saco del bolsillo y se lo enseño.
—No tiene batería —le digo.
—Espere un momento —Se acerca a su sitio y del carro saca una bolsa de plástico llena de cosas—. Busque aquí.

Con algo de recelo vacío la bolsa en el suelo y compruebo que son todo cables y enchufes. Después de buscar atentamente encuentro un cargador que puede servir para mi móvil. Lo pruebo y entra de maravilla. Sonrío mientras mentalmente doy gracias a la estandarización de conexiones. El tipo me devuelve la sonrisa, le faltan tres dientes, luego me indica con la cabeza dónde hay un enchufe. Pongo el móvil a cargar y cuando calculo que hay batería suficiente lo enciendo y dejo que lo use. La llamada es breve. Me da las gracias.

Es entonces cuando veo que tengo un mensaje. Me fijo en el remitente: Vecina de arriba. Lo leo: «Se ha dejado las llaves puestas. Las dejo bajo la maceta de la entrada. Saludos». Hora del mensaje: 22:46. Miro al mendigo a los ojos y me lanzo a darle un abrazo loca de felicidad.


Si te ha gustado el relato puedes aprovechar el espíritu Navideño reinante en estas fechas para compartirlo con la familia, con los amigos o hablar sobre ello con tus compañeros de trabajo durante la cena de empresa, pero mejor antes de los cubatas.

Anuncios