Los recuerdos son muchas veces sólo una sucesión de escenas que encadenamos en nuestra memoria y que en la gran mayoría de los casos están alterados con nuestra subjetividad, nuestra falta de información sobre lo que pasó y nuestro deseo de lo que quisiéramos que hubiera sido.

Hace poco leí un artículo que explicaba que las cosas que mejor recordamos suelen ser las que nos han sucedido entre los 15 y los 25 años de edad. Se han hecho muchos estudios al respecto, y aunque se desconoce la causa, puede ser que sea verdad que esa franja de edad es de la que más recuerdos (y más nítidos) tenemos. Sea por lo que sea ¿qué pasa con otras épocas? ¿Qué pasa con la infancia?

Tenemos recuerdos de cuando éramos niños, pero ¿fueron realmente así? ¿Estamos seguros de que no los adornamos (involuntariamente) para que sean más idílicos?

En el siguiente relato he usado un recuerdo infantil algo modificado para intentar darle un toque algo más interesante, más literario. No todo es verídico, pero tampoco todo es mentira.

Como siempre, puedes descargar el relato en formato pdf desde este enlace para leerlo desde tu dispositivo favorito.

 


Secretos de familia

Papá dormía en el sofá mientras yo veía la televisión tumbado en el suelo. Las vacaciones estaban terminando, habíamos llegado del pueblo dos días antes pero él ya tenía que volver al trabajo. A mí aún me quedaban días para empezar el colegio. Fue entonces cuando sonó el teléfono. Papá se despertó y yo me levanté para cogerlo, pero Laura llegó antes a pesar de que estaba encerrada en su habitación.

—Es para ti, enano —Dijo tras dejar el auricular sobre la mesa, luego volvió a su cuarto.
«¿Para mí? —pensé—. Si nunca me llama nadie».
—¿Diga?
—Hola, Carlos. Soy Manu, del equipo del colegio.
—¡Ah! Manu ¿Qué tal?
Papá cruzó por mi lado y me pasó la mano por la cabeza.
—¿Vas a venir esta tarde a la prueba?
—¿Qué prueba?
—El mister habló antes de las vacaciones con el entrenador del Unión para que nos hiciera una prueba.
—¿El Unión? —dije atónito— ¿A mí? —Escuché la puerta de la calle cerrarse.
—Sí, a los dos. ¿Vienes?
—Claro.
—¿Quedamos a las cinco y media en la puerta del parque?
—Está bien, nos vemos luego.
—Guay.

Colgué sin despedirme, estaba en shock. ¡Una prueba para el Unión! Necesitaba contárselo a alguien, pero papá ya se había ido y a Laura no le interesaría. Mamá se habría alegrado, estaba seguro. Me acerqué al mueble del salón y cogí su foto.

—Mamá —le dije a aquel retrato, luego noté como se me humedecían los ojos y el pulso se me aceleraba—, voy a hacer una prueba para el Unión —La miré durante unos instantes—. Deséame suerte —Le di un beso al cristal y dejé el marco en su lugar.

A mis doce años, era la primera vez que salía de mi círculo de amistades y conocidos del colegio. Me sentía inseguro, y quizás algo asustado, pero la ilusión por hacer aquella prueba en el equipo de la ciudad me daba ánimos.

La última vez que había estado en la ciudad deportiva fue unos tres años antes, cuando fuimos todos a ver a Laura durante su competición de atletismo. Recordaba a mamá de pie, con el pañuelo bien anudado a la cabeza, animando a Laura a voz en grito mientras papá y yo la observábamos atónitos.

Llegamos al campo de fútbol un poco antes de las seis y dejé que Manu tomara la iniciativa. Nos acercamos a un grupo de chicos que estaban a las puertas de un vestuario. Había un adulto con ellos.

—Hola —dijo Manu—, somos del colegio Miguel Hernández, nos envía Juan Manuel, el entrenador.
—Ah —contestó el hombre—los chicos de Juanma. Bienvenidos —Buscó en la libreta que llevaba en las manos—. ¿Tú eres Carlos Delgado?
—No, soy Manuel García.
—Vale, y eres… portero ¿no?
—Sí.
—Entonces tú debes ser Carlos y juegas de medio centro.
—Sí— dije con un hilo de voz. Quise añadir que podía adaptarme a cualquier posición, pero mi lengua no reaccionó.
—Yo soy Ernesto —Nos estrechó la mano—. Pasad al vestuario a cambiaros que empezamos enseguida.

Entramos por la puerta de metal azul ante la atenta mirada de los chicos que ya estaban fuera. Recuerdo con claridad el olor de aquel lugar, a humedad y sudor, pero también a algo parecido a la menta. Era la primera vez que entraba a un vestuario y me sentía importante. En el colegio no teníamos, nos cambiábamos justo al lado del terreno de juego. No me separaré de Manu en ningún momento mientras estuvimos dentro, ni después durante la charla del entrenador, hasta que Ernesto lo mandó a entrenar con los porteros y a mí con el resto.

Por aquel entonces yo era bastante bajito y llevaba unas gafas demasiado grandes. Así que no era de extrañar que los demás chicos me miraran con menosprecio y soltaran alguna risita cuando pasaban por mi lado. Yo no me daba cuenta, o no quería enterarme. Mis amigos del colegio se metían conmigo a veces, pero con ellos tenía confianza. Nos conocíamos desde los tres años. Mamá siempre decía que no me preocupara, que daría el estirón pronto.

Sólo cuando tenía el balón en los pies me sentía bien y las diferencias con los demás chicos se reducían. Pero estaba tan nervioso que fallé más de lo que me hubiera gustado. Al terminar el entrenamiento ayudé a Ernesto a recoger los balones, en parte para compensar mi pobre actuación y demostrar que era un chico responsable, pero también para retrasar la vuelta al vestuario y el momento de la ducha. Nunca me había duchado con otros niños.

—Gracias, Carlos —me dijo Ernesto—. Ahora a la ducha y nos vemos el miércoles
No me lo podía creer, el entrenador quería que volviera. Estaba tan contento que se me quitaron todos los nervios y fui directo al vestuario.
—…has sacado al canijo ese? —Escuché decir a un chico cuando entré por el pasillo.
—Es de mi colegio —respondió Manu.
—¿Sus padres son cristaleros? —dijo otro chico entre risas— Porque vaya gafotas que lleva.

No me quedé a escuchar el resto de la conversación, salí de allí con sigilo al principio y empecé a correr en cuanto estuve fuera. No volví a pisar la ciudad deportiva en varios años.

Papá nunca supo nada sobre aquella prueba, Laura tampoco. Mamá seguro que sí, pero sabía que me guardaría el secreto y que me entendería.


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