Como ya comenté en otra entrada del blog, la inspiración (si es que existe) se puede encontrar en cualquier lugar. A veces te das cuenta, pero otras no.

Aun así, si somos curiosos, si nos preguntamos cosas y le damos la vuelta a cualquier acontecimiento o escena que suceda delante de nuestros ojos, ahí hay una historia. Y puede llegar a ser una gran historia.

En mi día a día me cruzo con muchas personas y cuando haces el mismo viaje de manera rutinaria, al final te acabas encontrando con la misma gente. Gente que normalmente se comporta de la misma forma hasta que hace algo distinto y eso te llama la atención.

Y aquí me gustaría presentar este viejo relato que ya publiqué en el blog de Los Zusammen, pero que he revisado y me gustaría compartirlo aquí, en este espacio dedicado a mis trastornos literarios.

Como siempre, podéis descargar el relato en formato pdf desde aquí, para leerlo en vuestro dispositivo favorito. Y ahora, damas y damos. Os dejo con esta pequeña historia.


 

El último beso

Cada mañana desde hace más de seis años, entre las siete y cuarto y las siete y media, me acerco a la parada del autobús a esperar la llegada del veintiuno. Y como cada mañana, durante esos breves minutos de espera, observo y me entretengo con todo lo que me rodea: los edificios, las calles, los coches… la gente.

No recuerdo cuándo fue la primera vez que los vi, pero sí recuerdo cuándo fue la primera vez que me fijé en ellos: un lunes a mediados de mayo. Había empezado a llover y el temporal me había pillado a mitad de camino. Empapado, me refugié bajo el techo de metacrilato de la parada mientras esperaba ansioso la llegada del autobús. En la acera de enfrente, una pareja que acababan de salir de un portal llamó mi atención. Él, viendo que había empezado a llover, entró de nuevo y la mujer se quedó esperando junto a la puerta. Al cabo de pocos minutos el hombre volvió con dos paraguas, le dio uno a la mujer, se besaron y se marcharon cada uno en una dirección.
Los volví a ver de nuevo esa misma semana, esta vez desde dentro del autobús. Me senté en la parte trasera junto a la ventana y, mientras el resto de los pasajeros seguía subiendo, mi mirada se perdió a través del cristal, clavándose en aquel mismo portal. Esta vez fue él quien salió en primer lugar, permaneció de pie un momento y tras comprobar la hora en su reloj de pulsera tocó uno de los timbres. Al cabo de unos instantes apareció ella por la puerta, él le dijo algo señalando su reloj y ella respondió dándole un beso en los labios. Acto seguido cada cuál siguió su camino y el autobús reanudó la marcha.

Con frecuencia los veía aparecer por aquel portal, unas veces juntos, otras separados, pero siempre se esperaban el uno al otro. Y justo antes de tomar sus respectivos caminos, se despedían con un beso.
Eran una pareja de mediana edad. Él, moreno, lucía una larga y poblada barba canosa y vestía siempre muy elegante, independientemente de la época del año. Ella solía llevar el pelo suelto, media melena, pero iba variando el color del tinte. Sí él vestía con elegancia, lo de ella era incluso más destacado. Debían de ser de clase alta, no sólo por las ropas o complementos que lucían, sino también por los gestos y sus maneras al andar. Esas cosas se notan, incluso desde la distancia.

Me gustaba observarles y visualizar mentalmente cómo podrían ser sus vidas. Un matrimonio tras muchos años juntos, sin hijos, pero que se seguían queriendo como el primer día. Él podría ser dueño de alguna empresa y ella gerente en alguna boutique de alto standing. En verano me pasaba semanas sin verlos, y me los imaginaba en algún chalet de la costa o en una casa a pie de cala de una isla mediterránea.
Semana tras semana, mes tras mes, año tras año, allí estaban; ofreciéndome aquella escena que bien podría haber sido inmortalizada por un fotógrafo y vendida como la típica postal en cualquier tienda de souvenirs de la ciudad.

Y así fue hasta hace tres semanas, concretamente el martes, cuando los vi despedirse por última vez. Él llevaba un traje gris y ella un vestido de color salmón debajo de su abrigo negro. Salieron a la calle, él le entregó una bolsa de papel, ella le arregló el nudo de la corbata y cada uno tomó su camino. No hubo beso.
Aquello me pilló desprevenido y durante todo el día estuve dándole vueltas a lo ocurrido, esperando que llegara el día siguiente para ver qué sucedía. Sin embargo, no pasó nada. Durante los siguientes días no apareció ninguno de los dos. La siguiente semana me presenté en la parada media hora antes y esperé hasta que llegó el último autobús, pero sin éxito. Otro día, al volver de la oficina, bajé del autobús y fui directo hacia su portal; pero los timbres no tenían nombres, sólo números y letras, y no pude averiguar nada sobre ellos.
Se habían esfumado sin dejar rastro. Hasta esta mañana.
A las siete y veinticuatro se ha abierto el portal y ha aparecido ella, sola. Se ha detenido un momento al poner el pie en la acera, ha mirado a ambos lados y durante unos segundos su mirada se ha perdido en el cielo. Luego ha echado a andar como siempre había hecho en los últimos años. Y yo me he quedado allí, de pie, esperando ese último beso.


 

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Imagen: unsplash.com/@pazarando

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