Antes de nada ¡Feliz Año Nuevo! ¿Recuperados ya de la resaca de Nochevieja? Es que ya tenemos una edad, cada uno la suya.

Seguimos con la serie de entradas dedicadas a la tan famosa inspiración. Ya pudisteis leer un primer relato que llevaba ese mismo título: La Inspiración y un segundo relato donde explicaba que una buena historia (no necesariamente la que yo escribí) puede encontrarse en cualquier lugar, en tu día a día, tan sólo con darle un giro a los acontecimientos.

El de hoy está basado en un sueño y en una casualidad. Hace un tiempo soñé algo extraño: sujetaba un lápiz en la mano con el que podía volar tan sólo apuntando con él en la dirección deseada. Le estuve dando vueltas unos días a esa historia y semanas después participé en un taller de escritura de Literautas (sin saberlo previamente), donde la condición era que el relato se titulara: El lápiz mágico.

Y bueno, aquí tenéis el resultado de darle una vuelta a ese sueño.

Como siempre, podéis descargar el relato en formato pdf desde aquí, para leerlo en vuestro dispositivo favorito. Y ahora, sí, por fin, os dejo con el relato.


El lápiz mágico

Un sonido estridente rompió el silencio reinante en el dormitorio. Tras unos segundos, él reaccionó y se despertó. A tientas buscó el despertador encima de la mesita y lo apagó. Permaneció unos segundos tumbado, a oscuras, mirando al techo; después se incorporó para sentarse al borde de la cama. Cogió el batín que descansaba encima de la silla y comenzó a andar en dirección a la puerta, tratando de no hacer ruido.
—Estoy despierta —dijo ella—, llevo desde las cinco dando vueltas. Puedes encender la luz.
—Vaya, lo siento —Abrió la puerta con cuidado— ¿Quieres un café?
—Sí —dijo mientras apartaba el nórdico y salía de la cama —, y bien cargado.

Entró en la cocina y enchufó la cafetera eléctrica. Mientras esperaba a que ella saliera del baño, se sentó a la mesa con una taza de café y del cajón sacó una libreta y un bolígrafo. La abrió, pasó unas cuantas hojas y añadió una nueva línea a lo que ya estaba escrito; luego cerró la libreta y la guardó de nuevo en el cajón. Entonces entró ella.
—¿Qué tal la noche? —le preguntó mientras le acariciaba el pelo con las manos— ¿Mejor?
—Pues hoy ha sido un poco extraño, surrealista diría yo —Y le dio un sorbo al café—. Tenía un lápiz en la mano que me permitía volar. Con el brazo estirado, apuntaba con la punta del lápiz hacia arriba y salía volando en esa dirección. Luego, ya en el aire, lo usaba para dirigir la trayectoria; recorría la ciudad por las alturas, llegando hasta el campo y después al mar. Ha sido un sueño intenso y en cierta manera relajante.
—¿Lo has apuntado?
—Sí —respondió mientras su mirada se perdía a través del cristal de la ventana.
—¿Alguna idea de lo que significa?
—No —Volvió a esconder la cara en la taza de café mientras daba un nuevo sorbo—, pero luego tendré que buscarlo.
—Me alegro —dijo ella y le dio un tierno beso en la cabeza.

Más tarde, salió de casa en dirección al trabajo. A mediados de octubre, las mañanas eran cada día más oscuras y a esa hora aún era de noche; incluso había empezado llover y se había dejado el paraguas en casa.
Cuando llegó a la parada el autobús no había aparecido todavía, por lo que se resguardó de la lluvia en un portal cercano mientras esperaba.  A sus pies, en mitad de un charco, vio algo que dibujó una pequeña sonrisa en su cara. Era un lápiz de madera. Se agachó para observarlo de cerca, parecía nuevo. Lo cogió y lo secó con la manga del abrigo. Durante unos segundos lo miró detenidamente… «Qué casualidad» —pensó—. «Esto tiene que ser una señal».

El autobús llegó, metió el lápiz en el bolsillo del abrigo y salió corriendo bajo la lluvia. Tomó asiento en la parte delantera y sacó su teléfono móvil. Tras leer las últimas noticias, decidió buscar el significado de aquel sueño. Entre diferentes interpretaciones, hubo una que le llamó la atención: Soñar que estás volando es el símbolo de la libertad, este sueño ofrece buenos presagios. Copió la frase y se la envió en un mensaje de texto.
—A ver si es verdad —dijo mientras su mirada se perdía a través del cristal, entre la lluvia y las luces del tráfico—. Ya va siendo hora de que note alguna mejoría.
Guardó el móvil, sacó el lápiz del bolsillo y empezó a jugar con él entre los dedos de la mano… «Es como los que usábamos en el colegio» —pensó—. «Se lo daré esta tarde cuando llegue a casa, seguro que le hace ilusión. Un lápiz de la suerte, un lápiz mágico».
El autobús dio un frenazo y con la brusquedad del movimiento la punta del lápiz se rompió entre sus dedos.
—Debido a obras en la calzada —dijo el conductor a través del micrófono—, los pasajeros de la próxima parada tienen que bajar aquí.
Era su parada. Sin tiempo para nada más, se levantó y se dirigió a la salida.

Se abrieron las puertas y vio que la lluvia había crecido en intensidad. Salió corriendo a través del tráfico y tras unos pocos pasos, el lápiz se le cayó de la mano. Volvió y se agachó para recogerlo, pero al reanudar la marcha una luz se le vino encima. No hubo tiempo para nada más. Se escuchó el sonido de un claxon y las ruedas de una furgoneta se deslizaron sobre el agua del asfalto.
Durante esa décima de segundo, sólo pudo pensar en él.
Fue un golpe seco, que impulsó a la chica un par de metros hacia adelante. Volaba. Y en la mano derecha sujetaba un lápiz, un lápiz común y corriente.


Si te ha gustado la entrada y el relato, y para celebrar el nuevo año, puedes compartirlo con quien prefieras. Esta vez no te voy  a sugerir a nadie en concreto, hazlo como y con quien prefieras.

Imagen: unsplash.com/@linalitvina

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