Hola a tod@s!

¿Cómo lleváis la cuesta de enero? ¿Siguen vuestros propósitos al mismo ritmo que a principios de mes? Espero que sí, los míos todavía no me han abandonado y aquí sigo avanzando con mis libros, la página de Facebook de Maneras d’escribir está recién inaugurada, me estoy adaptando al curso de Técnicas de Escritura que empecé la semana pasada y el gimnasio… el gimnasio ahí sigue, en su sitio de siempre, en la misma calle. Y sí, estoy yendo dos/tres veces por semana 😀 .

Y para no perder la costumbre, sigo compartiendo con vosotr@s los últimos textos que van surgiendo tras unas cuantas pulsaciones de teclas.

Ya comenté alguna vez que para mejorar en cualquier actividad lo mejor es plantearse retos nuevos, hacer las cosas de manera distinta. Y eso es lo que me gustaría presentaros hoy, toda una aventura en esto de escribir: un relato escrito en una sola frase.

Como siempre, podéis descargaros desde aquí el relato en formato pdf para leerlo desde vuestro dispositivo favorito. Y sin más, tomad aire que lo vais a necesitar, allá vamos:


Una sola frase

Cuando llegué, la puerta estaba todavía cerrada y no se veía a nadie por dentro, ni siquiera el conserje había llegado aún, así que extrañado por ser la primera vez que me sucedía aquello decidí ir a esperar a una cafetería cercana a que alguien se dignara a abrir para poder entrar a mi despacho y terminar todo lo que me quedaba por hacer del trabajo que me había enviado Antúnez el día anterior, justo antes de irme a casa, mientras me dejaba ver esa sonrisa suya tan característica que usaba para recordarte quién era el jefe y que no pudieras olvidar el poder que tenía sobre ti y cómo podía ejercerlo en cualquier momento haciendo que te sintieras inferior, o peor aún, para que te vieras de patitas en la calle como le pasó a Salgado cuando se negó a seguir haciendo horas extras con la excusa de que no podía estar el suficiente tiempo con su familia y ese fue justo el motivo que le dio Antúnez cuando le dijo que al día siguiente no hacía falta ni que se molestara en pasar por la oficina porque le iba a conceder su deseo de tener todo el tiempo del mundo para estar con su familia, para disfrutar de sus hijos, pero Salgado no pudo responder y lloró, lloró al darse cuenta de lo que significaban esas palabras, lloró como un niño pequeño mientras suplicaba por su puesto de trabajo y Antúnez lo miraba y sonreía, sonreía porque sabía que lo tenía bien agarrado por los mismísimos, sonreía porque había vuelto a ejercer con éxito su poder hacia un inferior, sonreía porque le gustaba y porque si no lo hacía podría dar a entender que no disfrutaba de la situación, o eso al menos es lo que siempre me había parecido al ver esa estúpida sonrisa porque no le encontraba otra razón a su actitud de niño de papá que siempre se había encontrado las cosas hechas, que fue a las mejores universidades privadas gracias a los billetes que soltaba papá para conseguirle, casi sin esfuerzo, los mejores títulos posibles, títulos que tenía enmarcados y colgados en la pared de su despacho para que todos los viéramos cuando entrábamos en él y nos sentábamos en esa silla tan incómoda y tan pequeña que había colocado frente a su mesa tras la que sobresalía su sillón de piel que quedaba unos centímetros más alto de lo normal desde donde te miraba, te escudriñaba y no necesitaba nada más que esa diferencia de altura y su estúpida sonrisa para hacerte sentir insignificante, tan miserable y acomplejado que tenías que desistir de pedir lo que habías ido a solicitar dejándole a él las riendas de la conversación para que pudiera llevarla allá dónde más le interesaba, a hacerte sentir estúpido por haber siquiera pensado que tendrías alguna posibilidad de conseguir que se doblegara a tus deseos porque tú eras el inferior y en las escuelas donde había estudiado había aprendido que un inferior nunca puede quitarle la razón a un superior porque eso sería dar la vuelta a la tortilla, y la tortilla siempre tenía que estar del mismo lado porque si se movía mucho podía acabar rompiéndose y entonces ya no sería tortilla si no algo parecido a los huevos revueltos y los huevos revueltos no eran tortilla y su empresa debía ser una tortilla, perfecta, redonda y sin impurezas que para eso se había encargado él de reflotarla cuando su padre se retiró y se la cedió para que llevara a cabo esa misión porque su padre, el viejo Antúnez, estaba chapado a la antigua y, aunque era un buen hombre, no entendía de negocios ni de las nuevas técnicas de productividad y desarrollo empresarial y estaba llevando la empresa a la ruina, o por lo menos no al éxito al que él podía llevarla y para eso necesitaba aplicar nuevos conceptos, nuevas técnicas de motivación incluso llevando al extremo las relaciones personales con los trabajadores, y eso lo sé porque lo escuché aquel viernes que me tuve que quedar hasta tarde cuando pasé por la puerta del despacho de Antúnez y la vi abierta y me detuve en el pasillo para que no me viera pero no pude evitar escuchar toda su conversación, todo lo que le estaba contando por teléfono a su interlocutor y eso me sirvió para estar alerta desde el principio, para verle las orejas al lobo antes que nadie y por eso estaba allí, de camino a la cafetería para esperar a que abrieran la oficina y poder terminar mi trabajo a tiempo, pero cuando llegué a la puerta, la cafetería también estaba cerrada y me quedé de piedra tras leer el cartel que había pegado en el cristal: “Hoy estamos cerrados por ser festivo nacional”.


Si os ha gustado esta pequeña historia os agradecería que la compartierais en vuestras redes sociales favoritas, con los compañeros de trabajo e incluso con vuestra jefa o vuestro jefe. Hagamos que todos se queden sin respiración.

Foto de portada: unsplash.com/@dia057

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