Hola a tod@s!

Hoy estoy de vuelta con otro relato de la serie relacionados con esa maldita y tan sobrevalorada palabra: Inspiración.

Según el diccionario, la inspiración es la acción de introducir aire u otra sustancia gaseosa en los pulmones. Eh…creo que me he equivocado de línea (gota de sudor gigante cayéndome por la frente), esperad un momento… ah, ahora sí.

La inspiración es el estímulo o lucidez repentina que siente una persona y que favorece la creatividad, la búsqueda de soluciones a un problema, la concepción de ideas que permiten emprender un proyecto, etc., especialmente la que siente el artista y que impulsa la creación de obras de arte.

Pues eso, creo que ahora que tenemos claro el concepto, puedo seguir con la introducción. El caso es que ya he hablado en más de una ocasión de dónde se pueden sacar ideas para crear nuestras historias, en los sueños, en el día a día o en una persona especial que haya dejado huella en ti.

Seguro que cada día, o muy a menudo, os cruzáis con gente que no conocéis de nada (ni siquiera sabréis su nombre) pero que forman parte de vuestra vida: el camarero de la cafetería, la chica de la ventanilla del banco, el conductor del autobús o los guardias de seguridad de vuestra oficina. Y tal vez, sin querer, os habéis imaginado cómo serían sus vidas y qué pasaría si interactuáis con ellas de una manera distinta a como lo hacéis a menudo.

El siguiente relato está basado en un hecho real, en dos personas reales a las que mi cabeza ha puesto en una situación inventada. Como siempre, podéis descargar el relato en formato pdf desde aquí para… ya sabéis cómo sigue.


 

Celestino

Cada mañana, a la misma hora, cojo el tren en el andén número cuatro. La puntualidad del transporte público alemán tiene cierta fama. Una fama merecida, pero una fama peligrosa. En cuanto te acostumbras a sus bondades te acabas confiando y es entonces, cuando te confías, cuando la cagas. La confianza da asco, se mire por donde se mire. Fue en uno de esos días de confianza cuándo me topé de frente con el protagonista de esta historia.

Esa mañana apuré tanto mi llegada a la parada del metro que cuando éste llegó con dos minutos de retraso y conseguí llegar al andén de la estación de trenes, la puerta del vagón se me cerró en las narices. Dicen que el mal de muchos es consuelo de tontos y, para el mío, yo no era el único tonto que iba a perder aquel tren. A mi lado tenía a un hombre que me miraba con ojos saltones a través de unas pequeñas gafas sin montura, que a su vez se apoyaban en una nariz aguileña de tamaño considerable. Su pelo rizado empezaba a perder la batalla contra el tiempo. Era como un Woody Allen estirado hasta el metro ochenta.

Intercambiamos unas cuantas palabras y esperamos al siguiente tren. No me sorprendió que nos bajáramos a la vez, pues es una de las paradas más concurridas. Sin embargo, que trabajara en mi edificio era demasiada casualidad.

Me crucé de nuevo con él a los dos días. Esta vez sentados en el interior del vagón, unos minutos antes de que el tren partiera. No me dirigió la palabra cuando le saludé. «Estos alemanes, siempre tan secos», pensé. Volvimos a apearnos en nuestra parada, pero él tomó un camino distinto al mío.

Durante las siguientes semanas nos seguimos cruzando. Y me hubiera olvidado de él si no fuera por lo que sucedió aquel jueves. Desde dentro del tren observé como él estuvo a punto de perderlo. Antes de alcanzar nuestro destino, mientras esperábamos en mitad del pasillo a que el tren se detuviera lo vi un par de metros delante de mí. Sin embargo, al salir, lo hizo justo a mi lado y esa vez sí me saludó. Entonces lo entendí todo, no era la misma persona, eran dos tipos distintos.

Pasaron los días y seguí fijándome en ellos, buscándolos cada mañana. Necesitaba asegurarme. Sí, eran dos personas distintas, similares, pero con sutiles diferencias. Y lo más curioso es que ninguno parecía reparar en la existencia del otro.

Tras darle muchas vueltas, sucumbí a la curiosidad el día que me encontré de pie en el pasillo del tren custodiado por ambos, uno a cada lado: «Perdonen ¿son ustedes familia? Porque se parecen mucho». Se miraron de arriba a abajo y, tras unos tensos segundos, de sus labios surgió la misma palabra, «Nein». Aunque aquello ya no se podía parar, acababa de empujar una bola de nieve ladera abajo.

Días más tarde los descubrí hablando a la puerta del vagón. En otra ocasión los vi charlando sentados uno junto al otro y posteriormente en el andén, intercambiando impresiones con total confianza. Aquello terminó siendo tan habitual en mi día a día que dejé de fijarme en ellos y busqué otras historias más interesantes. Prácticamente me había olvidado de todo, hasta ayer por la tarde.

Llegué a casa y ella estaba sentada en el sofá frente a la televisión.

—¿Qué estás viendo? —dije tras sentarme a su lado.

—Un reportaje de la tele local. Por lo visto dos hermanos se han reencontrado después de cuarenta años. Ni siquiera sabían de la existencia del otro ¿te imaginas?

Me quedé mirando la televisión y tras reconocer aquellos rostros sonreí.

 —Qué va —dije al fin—,  eso sólo pasa en las películas.


 

Si os ha gustado el relato os agradecería que lo compartierais en vuestras redes sociales o con el camarero de la cafetería, la chica de la ventanilla del banco, el conductor del autobús o los guardias de seguridad de vuestra oficina. Así ya tenéis excusa para interactuar con ellos de forma distinta a la habitual.

 

Imagen portada: https://unsplash.com/@_peterclarkson

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