Hola a tod@s!

¿Qué tal estáis llevando estos primeros meses del año? ¿Todavía seguís con los propósitos de año nuevo o ya habéis desistido? Espero que por lo menos no los hayáis abandonado todos y si fuisteis realistas con vuestra elección tendréis muchas más posibilidades de llevarlos a puerto satisfactoriamente.

Hacer planes es inevitable. Es lo que nos motiva y ayuda a seguir adelante en nuestro día a día. Pero quizás a veces ponemos el foco demasiado en el futuro, en lo que vamos a hacer, en los lugares donde queremos estar y nos olvidamos del presente y de disfrutar lo que estamos viviendo.

Decía John Lennon (no he conseguido verificar si él es el verdadero autor de la frase) lo siguiente:

La vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes

Debo reconocer que yo mismo muchas veces peco de mirar demasiado al futuro (y al pasado) y me pierdo todo lo que me está sucediendo en ese momento. Intento corregir estos errores aunque a veces no lo consigo. Pero la clave creo que está en hacer cosas ahora y no en pensar en hacerlas.

El siguiente relato, como tantos otros, parte de un recuerdo propio, de un hecho concreto que me sucedió hace ya (muchos) años.

Como ya sabéis, os lo podéis descargar desde aquí para poder leerlo desde vuestro dispositivo favorito e incluso imprimirlo, si lo que os va es el papel.


Planes

Fran seguía sentado delante de la pantalla, repiqueteando con los dedos sobre la superficie de la mesa. Héctor le lanzó una mirada furiosa.
—¡Quieres dejar de hacer eso! —exclamó hecho un manojo de nervios, luego dirigió su mirada de nuevo a través de la ventana
—Nada, que no carga —repitió Fran—. ¿Y si lo dejamos para después?
—No, necesito saberlo cuanto antes.

Se acercó hacia Fran, observó la pantalla por encima de su hombro y se fijó en la ventana del navegador. Seguía en blanco.
—¿Has probado a reiniciar?
Fran se giró y lo miró con ojos irritados. No hacía falta que contestara, su miraba era un libro abierto. Héctor volvió a la otra ventana, la que daba a la realidad.

—¡Ya! —exclamó Fran eufórico al cabo de unos segundos— ¡Está cargando!

La suerte estaba echada —pensó Héctor mientras su mirada volvía a perderse en los edificios de enfrente.

Todo dependía del resultado de ese examen, cualquiera que fuera. No le importaba aprobar por los pelos, pero si suspendía esperaba que fuera por mucha diferencia. Más de un cuatro y medio le dejaría hecho polvo, sería muy cruel. Pero si aprobaba, aunque sólo fuera con un cinco pelado, todo echaría a andar.
Lo primero sería hacer ese viaje que tanto tiempo había pospuesto. América latina le esperaba. Salir de casa por fin, conocer otras culturas, otra gente. Quién sabe, a lo mejor hasta podría buscar la manera de echar una mano por allí, de lo que fuera. Solo por ayudar, por vivir experiencias nuevas, por sentirse útil. Eso es lo que haría, sí. Apuntarse a una ONG siempre era una opción y él no necesitaba mucho. Algo de comida y un lugar dónde dormir, con eso sería suficiente.

Y el inglés, eso era otro asunto pendiente. Tenía que mejorar el inglés. Y quizás aprender otro idioma extra, tal vez alemán o francés. En España estaba muy mal la cosa, salir fuera era lo mejor. Y después de haber vivido por América y toda la experiencia acumulada, seguro que le sería más fácil que se le abrieran las puertas. Era un chico trabajador y podía adaptarse a lo que fuera. Eso es lo que haría, sí. Trabajar en el extranjero era muy bueno para el curriculum. Y si además aprendía bien inglés y otro idioma adicional, pues mucho mejor.

Y ahorrar, eso lo tenía claro. Tenía que ahorrar. No podía gastarse todo el dinero que ganara. No se privaría de unos cuantos caprichos, eso lo sabía, pero debía estar preparado para las vacas flacas, para que no le pasara como a sus padres. Tenía que ser responsable porque nunca se sabe qué puede pasar y es mejor que lo que venga te encuentre preparado. Meter los ahorros en algo que de buena rentabilidad. Eso es lo que haría, sí. Invertir el dinero con cabeza para recuperarlo dentro de unos años, ayudar a sus padres y comprarse una casa, o un terreno en su ciudad. Siempre está bien tener una propiedad, es un valor seguro.

Y una buena chica. Tendría que encontrar a una buena chica como le decían sus padres. Y él estaba de acuerdo, sobre todo en lo de «buena». No quería hacerlo como Fran, no soportaba a su novia. Tan engreída, tan sabelotodo. Alguien que le tratara bien, eso es lo que necesitaba. Y si era guapa mucho mejor. Alguien que quisiera venirse a vivir allí, con sus padres, con sus amigos, con su gente. Eso es lo que haría, sí. Buscar una buena chica con la que formar una familia y poder…

—Ya está —le interrumpió Fran apartándose para dejarle sitio frente al ordenador.
Héctor reaccionó al cabo de unos segundos y se acercó al escritorio con prisas. La página terminó de cargar demasiado despacio.
—¿Un ocho con siete? —preguntó atónito a la pantalla.
—Sí, tío. ¡Enhorabuena! —exclamó Fran dándole un abrazo— ¿Sabes lo que eso significa?
—Sí —dijo Héctor con una sonrisa en los labios.
—¡Que vas a poder optar a la beca y quedarte aquí!
—¿Eh? —La sonrisa empezó a borrarse de su rostro— Ah, sí. Eso también —Luego desapareció del todo.


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