Hola a tod@s!

Sé que llevo un tiempo sin actualizar el blog, pero se me están juntando muchas cosas y no saco el tiempo suficiente para dedicarle. Para ser realistas creo que dos entradas al mes (de media) será el futuro del blog. Intentaré que sean artículos más elaborados para compensar la espera.

Actualmente estoy inmerso en un curso de Técnicas Narrativas con Néstor Belda, dónde estoy aprendiendo bastante (este es uno de los motivos por los que no saco el tiempo suficiente para el blog). Escribiré un artículo de mi experiencia con los cursos de escritura cuando lo acabe, pero he de reconocer que me está resultando muy interesante y estoy aprendiendo bastante (o eso creo) . Aunque partiendo de la base de que no tenía mucha idea del tema, por poco que aprenda ya es todo un logro.

Hoy me gustaría compartir con vosotr@s un nuevo relato surgido de uno de los ejercicios del curso que estoy haciendo con Néstor. Es más largo de lo normal, espero así poder compensar el más de un mes de ausencia en la publicación en el blog.

Podeis descargar el relato desde este enlace, y así ya sabéis, leerlo desde vuestro dispositivo favorito. Sin más os dejo con el relato, espero que os guste.


Nadie

El anciano encontró la llave en el bolsillo interior de su abrigo. No recordaba haberla puesto allí. Tendía a olvidarlo todo con demasiada facilidad; no las cosas importantes, pero sí las del día a día y eso le daba mucha rabia.
Sostenía la llave entre las manos, manos temblorosas, arrugadas, frías. Junto a ellas colgaba un llavero. Lo observó durante unos instantes. Era el suyo ¡Cuánto la echaba de menos! Cerró la mano y se la llevó a los labios. El contacto con su superficie metálica aguzó sus recuerdos y paralizó sus músculos durante unos instantes. Pero, al final, reaccionó. Se sacudió aquellas imágenes con un suave movimiento de cabeza y colgó la llave en el pequeño gancho junto a la puerta.
Haciendo memoria, consiguió acordarse del día que metió la dichosa llave en aquel bolsillo. Justo antes de que empezara el temporal, tras el último viaje al supermercado. Había cerrado la puerta, echado la cadena y después la guardó. ¿Cuánto tiempo había pasado desde entonces? ¿Semanas? ¿Meses quizás?  No estaba seguro. Ya no podía estar seguro de nada.
Le llevó más tiempo de lo esperado hacer acopio de todas las provisiones. Lo habían anunciado como el temporal del siglo y todo el mundo estaba aterrorizado, los supermercados se vaciaron en pocos días. Pero él no necesitaba tanto, con un par de viajes tuvo suficiente, fue fácil. Las garrafas de agua y las bombonas de butano fueron un tema distinto.
Al principio dijeron que la tormenta duraría poco más de una semana, pero tras las primeras dos , dejó de prestar atención y perdió la noción de la realidad. No tenía televisor y las emisoras de radio dejaron de emitir hacía ya demasiado tiempo. La electricidad iba y venía, pero desde la última vez no había hecho amago de volver. Pero ese no era el problema, aún le quedaba más de la mitad de su reserva de pilas y tenía velas de sobra. Lo grave venía con los cortes de agua. Sobre todo cuando tenía que echar mano de una de sus garrafas para hacer funcionar la cisterna del wáter. Lo de ducharse era secundario, ya no tenía a nadie que se pudiera quejar de su mal olor. Ni siquiera él era ya capaz de notarlo.
Se acercó a la sala de estar y encendió una linterna, aquel sótano no era nada luminoso. Después comprobó la bombona de butano, todavía pesaba. Giró la llave, encendió la vieja estufa y se sentó en su sillón; después metió las piernas bajo las faldas de la mesa camilla y cogió el libro que descansaba encima. El calor comenzó a meterse poco a poco a través de sus músculos hasta alcanzarle los huesos. Era una sensación placentera. Sabía que era mejor dosificar esos momentos, pero mientras el frío continuase ahí fuera, la casa no se calentaría jamás.
Abrió el libro, quitó el marca páginas y buscó las últimas frases del último párrafo que había leído. Era una buena forma de situarse en la lectura anterior, lo había aprendido de ella. Como tantas cosas. Y con sus libros aprendió a conocerla más, a vivir lo que ella había vivido, a estar con ella a todas horas. Era lo único suyo que le quedaba y que le había hecho compañía durante todo ese tiempo. Durante toda su ausencia.

Lo despertaron unos sonidos que venían del exterior. Eran más fuertes que nunca. La pequeña ventana seguía congelada y solo disponía de otra vista al exterior, pero no quería volver a usarla. Los primeros días había abusado de ella y casi se vuelve loco. Aquellas vistas solo  lo deprimieron más, nunca se veía a nadie. Pero el ruido seguía y su curiosidad pudo más que el miedo.
Dejó el libro de nuevo sobre la mesa y se levantó con dificultad del sillón ¿Cuánto tiempo había estado durmiendo? Tuvo que coger el bastón que había dejado apoyado en la pared y con paso lento y la linterna en la otra mano, se acercó hacia la puerta. Un haz de luz se colaba por la mirilla, dibujando un pequeño círculo amarillo en la moqueta de la entrada ¡Había salido el sol!
Pegó el ojo al pequeño cristal y esperó a que se acostumbrarse a la claridad. No tardó en descubrir que algo había cambiado ahí fuera. Solo podía ver zapatos y piernas pasando por la acera, de izquierda a derecha y de derecha a izquierda; eran demasiados. Los había planos, de tacón, zapatillas de deporte, calzado de niño… No solo pasaban por su puerta, sino que corrían, saltaban y hacían piruetas al son de risas y gritos. Algo había cambiado ahí fuera, sí.  La vida estaba de vuelta.
Posó su mano sobre el picaporte y lo giró. Seguía cerrada. Entonces recordó que había encontrado la llave. Por fin podría salir de ese zulo. La cogió del gancho y la introdujo en la cerradura, giró sin problemas. Después retiró la cadena. Solo faltaba un pequeño gesto, un último giro de muñeca y podría salir fuera, fuera con toda esa gente, fuera con todos los demás seres humanos, fuera con todos sus… ¿Familiares? ¿Amigos? Intentó recordar durante unos instantes, pero ya no le quedaba nada de eso. Su familia era ella, y ya no estaba. Y sus amigos, si seguían vivos, a saber qué había sido de ellos. Nadie se había preocupado por él en todo ese tiempo, nadie había llamado a su puerta. No. Estaba solo y no había nada ahí fuera para él.
Observó su mano agarrada al pomo de la puerta, que aún así temblaba. Pero no era miedo, no era ansiedad. Era su tiempo que llegaba al final, ahora lo entendía. Volvió a cerrar la puerta con llave y echó de nuevo la cadena. Luego se metió la llave en el bolsillo del pantalón, cogió una bufanda de la percha y echó a andar hacia la sala de estar. La luz regresó de pronto y el locutor de la radio comenzó a hablar: “…temporal ha llegado a su fin tras casi…”. La apagó.
Cerró la puerta de la sala tras de sí y colocó la bufanda con mimo en el suelo, tapándolo todo. Luego volvió a sentarse en su sillón. La vieja estufa seguía encendida, calculó que le quedaría para unas cuantas horas. Tiempo suficiente. Cogió el libro, lo abrió por donde se había quedado y luego buscó el último párrafo que recordaba haber leído.


Si os ha gustado el relato podéis compartirlo en vuestras redes sociales favoritas. Eso sí, si conseguís hacerlo en Snapchat o Instagram luego me explicáis cómo lo habéis hecho. Ahora quitad la cadena de la puerta, abrirla y salir ahí fuera a disfrutar de la primavera. Pero que no se os olvide darle un “Me gusta” (o comentar) antes de salir.

Imagen Portada: unsplash.com/@dariuszsankowski

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