Hola a todo el mundo, sí, sí a ti también, no te escondas 🙂

Hoy vuelvo de nuevo por mis fueros y voy a seguir la serie de artículos (y relatos) basados en ese tema tan manido (también por mi parte): la inspiración.

Espero no ponerme demasiado pesado con el tema en cuestión, pero es que cada vez que me encuentro algo nuevo relativo a esto, necesito compartirlo. De hecho, de eso va el blog, de compartir experiencias literarias.

Si no recuerdo mal, este es el quinto artículo que le dedico al tema de la inspiración. El primero fue este, que estaba basado en el día a día, en escenas cotidianas que te puedes encontrar a cualquier hora y en cualquier lugar. El segundo estaba basado en una persona muy especial. El tercero lo obtuve de esa fuente de ideas que todos tenemos, los sueños, aunque pueden llegar a ser un tanto surrealistas a veces. Y el cuarto vino de esas personas con las que te cruzas a diario y que sin quererlo forman parte de tu rutina diaria y llegas a sentir cierta curiosidad por ellas.

En realidad, hay un quinto artículo en el que hablé de la inspiración, o más bien de palabras que nos inspiran, en este caso palabras de Bukowski. Si no lo habéis leído os recomiendo que lo hagáis, son muy útiles para todos los que nos queremos dedicar a algo.

Así que en realidad este nuevo artículo sería el sexto que le dedico a la inspiración. Y esta vez el relato está basado en una noticia publicada hace años en un periódico español. No sé si fue una noticia conocida o si pasó desapercibida. El caso es que la noticia cuenta unos sucesos extraños que ocurrieron en un anticuario, pero la noticia acaba cuando los sucesos terminaron. Y yo me pregunté ¿qué podría haber pasado después?

Aquí tenéis el resultado de mi interpretación de lo ocurrido en este anticuario. Lo podéis descargar como siempre desde aquí, para leerlo desde vuestro dispositivo favorito.


Sucesos extraños

El técnico sujetaba un cachivache enorme que emitía luces y sonidos intermitentes.

—No se preocupen —dijo el otro técnico al matrimonio mirándoles a través del cristal de sus gafas redondas—, no es peligroso. Sólo tratamos de encontrar la fuente del problema. Prosigue Martínez —dijo dirigiéndose a su compañero que se había detenido al escuchar sus palabras.

Doña Teresa soltó la mano de su marido y se acercó a Martínez que se alejaba del centro de la tienda en dirección a la pared del fondo.

—¡Teresa! —exclamó de pronto el señor Ramos—. Vuelve aquí.

Ella se giró unos instantes y con una mirada hizo que su marido cerrara la boca y agachara la cabeza. Luego llegó hasta donde estaba Martínez.

—Empezó por ahí —dijo señalando una zona de la pared—, las sillas empezaron a moverse hacia esa pared y después un montón de objetos salieron volando hacia allí —señaló un rincón de la misma pared— y se quedaron pegados durante un buen rato.
—¿Sucede siempre en esa zona? —preguntó el técnico de las gafas redondas mientras observaba a su compañero mover el ruidoso aparato por toda la zona.

Teresa miró a su marido como buscando algún tipo de información extra, pero este seguía con la cabeza agachada mirando al suelo.

—Sí, que yo sepa siempre sucede por esta parte de la tienda.
—¿Recuerda cuando empezaron los… —hizo una pausa— fenómenos?
—Sí, lo recuerdo —Observó el techo unos instantes como tratando de recabar toda la información—. Fue el siete de enero, el primer día de rebajas. Vino una clienta preguntando si íbamos a hacer algún tipo de descuento. Estaba interesada en uno de esos candelabros. —Señaló con la cabeza en dirección a una estantería—. Cuando lo cogí para mostrárselo, empezaron a moverse las sillas y luego el candelabro salió disparado de mis manos y se pegó a la pared. A continuación le siguieron otros objetos y ese armario empezó a moverse poco a poco. La clienta se fue muerta de miedo y yo me encerré en el almacén hasta que todo paró
—¿Cuántas veces ha pasado?
—Muchas, un par a la semana por lo menos. —Miró a su marido que asintió con la cabeza—. Y llevamos ya casi dos meses con esto.
—A parte de movimientos de muebles y objetos hacia la pared —el hombre se quitó las gafas y comenzó a limpiarlas con parsimonia—, ¿suceden más cosas?
—Ruidos fuertes, las luces parpadean, la radio emite sonidos extraños…
—¡Y el olor! —exclamó de pronto el señor Ramos—, cuéntales lo del olor.
—Ah, sí —continuó doña Teresa—, a veces también nos viene un olor extraño.
—¿Extraño? —repitió el hombre volviendo a colocarse las gafas.
—No sabría decirle a qué, me recuerda a…

De pronto el aparato que sujetaba Martínez comenzó a emitir un sonido muy agudo y las luces parpadeaban sin cesar. Todos dirigieron su atención hacia el lugar donde él se encontraba y de repente una caja vieja de latón salió disparada hacia la pared para quedarse allí pegada. A la caja le siguieron otros cuantos objetos que también se adhirieron a la pared. Después de eso la cosa fue a más y las sillas empezaron a moverse hacia el rincón, algunas de las mesas arrastraban sus patas metálicas por el suelo generando un ruido estridente. La luz comenzó a parpadear y un ruido mecánico empezó a escucharse, un sonido que envolvía toda la tienda.

Los ruidos cesaron tras diez minutos y todo volvió a la normalidad. Esa fue la última vez que se manifestaron aquellos extraños fenómenos.

Durante los siguientes días se sucedieron las visitas de los parapsicólogos, pero no consiguieron descubrir el misterio. La llegada de un periodista y la posterior publicación del artículo en el periódico hizo que la lista de visitantes se agrandara: Médiums, un programa de televisión, devotos religiosos y hasta un sacerdote, pero todos se marchaban desilusionados. «¡Sólo buscan publicidad!» fueron las palabras del último visitante.

Semanas después de la última visita, la campanilla de la puerta sonó indicando que un cliente acababa de entrar. De pie frente a la puerta vieron a un hombre con una tupida y canosa barba que vestía un largo abrigo de color gris con sombrero a juego. Llevaba un maletín de piel en su mano derecha. Sin decir nada, el hombre se acercó al mostrador y con un elegante movimiento sacó una tarjeta de visita del interior de su abrigo y se la entregó.

—Buenos días —dijo quitándose el sombrero e inclinando un poco la cabeza—, Mi nombre es Lorenzo Suárez, ¿tienen unos minutos para mí?
—No queremos comprar nada —dijo Doña Teresa con desdén devolviéndole la tarjeta.
—Oh, no se preocupe —Sonrió y dejó la tarjeta sobre el mostrador—. No vengo a venderles ningún producto. Soy psicólogo especializado en sucesos digamos… extraños. He estado informándome sobre todo lo acontecido en este lugar y quería hablar con ustedes.
—Hace semanas que no ocurre nada —respondió Doña Teresa— y los otros parapsicólogos ya estuvieron aquí unos cuantos días y sólo consiguieron sacarnos dinero.
—Yo soy psicólogo especializado en sucesos extraños, no es lo mismo que parapsicólogo. Mi intención es desenmascarar fraudes, no causarlos. Y no se preocupen, no vengo buscando nada,  ni les acuso de nada; sólo quiero explicarles el porqué de todos esos sucesos. Y sin coste alguno.

El matrimonio se miró atónito y volvieron lentamente sus cabezas hacia el hombre.

—¿Sabe cuál es el origen de todo aquello?
—En efecto. —Puso el maletín sobre la mesa y, mientras lo abría, continuó hablando—. Según tengo entendido, los muebles y objetos se movían por sí solos a ciertas horas del día y lo hacían siempre en aquella dirección. ¿Es así? —Ambos asintieron—. ¿Nunca se movían hacia allá? —dijo señalando el otro lado de la tienda donde estaba el gran escaparate que daba a la calle.
—No, nunca —dijo doña Teresa.
—También tengo entendido que se escuchaba un zumbido de vez en cuando y las luces parpadeaban. —Volvieron a asentir—. Pues he aquí el origen de todo. —Sacó un recorte de papel de periódico y se lo entregó.
—¿Qué tiene que ver el cierre de una clínica con nuestro caso? —dijo doña Teresa tras leer la noticia. El señor Ramos parecía totalmente perdido.
—Mucho. Se lo voy a resumir. Era una clínica clandestina que llevaba a cabo estudios no muy éticos. Hacían uso de tecnología punta y experimental. Entre ellas, una máquina de resonancia magnética de última generación. Saben lo que es una resonancia magnética ¿no? —Ambos mostraron una expresión facial tan clara que no hizo falta que respondieran—. Digamos que es un imán muy grande y potente —aclaró—, y estaba colocado justo detrás de esa pared, ese es el motivo por el que las cosas se movían hacia allí. —Se acercó a los muebles que había en aquella parte de la tienda y los examinó durante unos instantes—. Aunque muchos de estos muebles son de madera, tienen partes metálicas y con eso es suficiente para moverlos. Además del imán, la máquina emite radiofrecuencia, por eso las interferencias en radio y luz. Y bueno, es un dispositivo muy ruidoso, de ahí los sonidos extraños.
—¿Y los olores? —dijo el señor Ramos—. ¿Cómo explica lo de los olores?
—Digamos que a veces los experimentos… —hizo una pausa buscando las palabras exactas— no salían como estaban previstos. —Tras ver la cara de terror del señor Ramos, cerró el maletín y se puso el sombrero—. Espero que los otros psicólogos —enfatizó esta última palabra— no les cobraran demasiado dinero. Quédense mi tarjeta, si me necesitan ya saben dónde encontrarme. Que pasen un buen día.

El señor Suarez dibujó una sonrisa de satisfacción en su rostro, giró sobre sí mismo y comenzó a andar en dirección a la salida.
—¿Señor Suarez? —dijo doña Teresa cuando estaba a punto de asir el pomo de la puerta.
—¿Sí? —dijo mientras se daba la vuelta con la sonrisa todavía dibujada en su cara.

Descubrió dos rostros pálidos con la boca abierta que movían la cabeza al unísono. Dirigió la mirada en la misma dirección que el matrimonio y su rostro comenzó a palidecer al ver dos sillas que se movían solas en dirección al escaparate grande que daba a la calle y se quedaban pegadas al cristal justo en el momento en el que la boca del Lorenzo Suarez se abría dejando ver su dentadura perfecta.


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Imagen portada: unsplash.com/@nofilter_noglory

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