Hola de nuevo,

tras un tiempo desaparecido, vuelvo para daros un poco la paliza. Pero como tampoco es plan de molestar demasiado mientras disfrutáis de vuestras vacaciones, hoy sólo voy a compartir un micro-relato.

Espero que os guste.


Silencio

Negra. Ese es el color que tiene el agua a esas horas, aunque no me doy cuenta hasta que estoy sumergido. La piscina es larga y muy profunda. Desde el centro necesitas unos cuantos largos para acercarte a las paredes más cercanas. Te sientes insignificante. La luz de la luna acaricia de vez en cuando la superficie, pero el agua sigue siendo oscura como el petróleo, como la sangre. La superficie del agua queda un par de palmos por debajo del borde de la piscina y sólo las dos escaleras te hacen compañía. Son tus únicas puertas de escape. El azulejo visible, de un azul celeste a plena luz del día, no pasa entonces de un gris apagado. El resto, sólo silencio. Silencio para escuchar tus pensamientos. Silencio para notar cómo algo roza tus pies. Silencio para ver un movimiento extraño en el agua, para alejarte poco a poco del centro de la piscina. Silencio para nadar los últimos metros con todas tus fuerzas hasta alcanzar la escalera.

Sentado al borde de la piscina, con los brazos abrazando las rodillas y temblando de frío, contemplo como las aguas se calman y vuelven a su estado previo. De nuevo en silencio.


 

Si os ha gustado lo podéis compartir en vuestras redes sociales favoritas, con la gente del chiringuito o contarlo en una noche de luna llena junto a una hoguera a la orilla del mar.

 

Photo by Lukas Robertson on Unsplash

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