¡Hola a todo el mundo!

Bueno, parece que el verano ya está llegando a su fin (salvo si vives en el hemisferio sur) y aunque oficialmente todavía quedan unos días, en la práctica la gran mayoría de vosotros habéis vuelto a vuestras viejas (o nuevas) rutinas.

Para celebrar que en el hemisferio sur están a punto de abandonar el invierno y para intentar hacer al resto más llevaderos estos días post-vacacionales, me gustaría compartir con vosotros un nuevo relato. Esta vez uno de los largos, como de costumbre.

Dicen que una imagen vale más que mil palabras, pero en mi caso me ha costado solamente 980. Me explico. El relato de hoy está basado en una sola imagen, una vieja fotografía que me sugirió una historia:

Una chica joven y un hombre elegantemente vestido ante a dos copas de vino en una barra de bar de una ciudad cualquiera de mitad del siglo XX.

No pongo la imagen en cuestión porque la idea es mostrar la imagen a través de las palabras. Así cada uno podrá imaginar su propia escena.

Espero que os guste. Como siempre os podéis descargar el relato aquí en formato pdf para leerlo desde vuestro dispositivo preferido.


Sacrificios

El camarero dejó las copas vacías sobre la barra y los dejó solos mientras iba a por la botella de vino.

—No, gracias —dijo la chica apartando la copa con la mano—. Ya le he dicho que no me apetece ninguna más.

—Venga mujer ¿me vas a hacer ese feo? —le respondió don Matías con el codo apoyado en la barra. Luego le indicó al camarero con un gesto que llenará ambas copas de vino— A esta invito yo, bébetela luego si quieres.

La chica estuvo a punto de decir algo, pero el camarero ya estaba rellenando las copas y prefirió dejar el asunto. Estaban ellos dos solos en la barra, nadie se había acercado y eso le hacía sentir muy incómoda. No sólo porque sospechara los motivos por los que don Matías la había citado en aquel cuchitril que olía a rancio, o porque fuera la única mujer en todo el bar y se sintiera observada. Lo peor es que lo estaba haciendo a espaldas de su marido.

—Relájate, te noto algo tensa —dijo don Matías cambiando de posición y mostrándole los incisivos en un intento de sonrisa.

Ella no contestó enseguida y miraba las betas que dibujaba el mármol de la barra. Había una que parecía tener forma de cabeza de caballo ¿o no? Antes de responder se permitió girar un poco la cabeza hacia atrás para fijarse en los dos tipos que charlaban en la mesa junto a la ventana. No le sonaban sus caras pero eso no significaba que ellos no la conocieran. En aquel barrio se conocía todo el mundo y en aquella época eso era algo peligroso.

—Estoy relajada —respondió fijando su vista en la copa de vino medio llena. La otra seguía en el mismo sitio donde la había dejado el camarero. Evitaba mirar a don Matías a la cara— Pero llevamos aquí más de veinte minutos y aún no me ha dicho para qué me ha citado. Encima —continuó sin dar pie a que don Matías abriera la boca—, este sitio me da repelús, con este olor a vino viejo, a humo y a sudor.

 —Lo sé, lo sé —dijo don Matías hinchando el pecho—. Pero esta es como mi segunda casa. Mi padre me traía de pequeño y aunque la decoración apenas ha cambiado —Señaló los carteles taurinos, la decoración patria y las botellas de alcohol bien colocadas en la gran estantería con espejo que ocupaba todo el largo de la barra— Me trae muy buenos recuerdos. Además, es un lugar tranquilo y discreto.

En ese momento se abrió la puerta del bar y entró un hombre vestido de gris. El agente saludó a don Matías tocándose la visera de la gorra y este le respondió haciendo lo propio con el ala de su sombrero. El policía echó un vistazo por la media docena de mesas, escudriñó las caras y se dirigió hacia la puerta de salida no sin antes añadir un «Que pase buena tarde, don Matías”.

—Este es un lugar muy familiar —prosiguió una vez el policía abandonó el local—. Aquí todos se conocen y lo que es mejor… —Se quitó el sombrero y lo dejo sobre la barra. Luego se pasó una mano por el pelo engominado— todos me conocen.

—No debería haber venido —dijo ella—. Como se entere Javier…

—Tu marido ya lo sabe —le interrumpió—. Y si no, lo sospechará. ¿Te dijo que vino a verme el lunes?

—¿El lunes? Pero si…

—Me contó lo de la deuda —Volvió a interrumpirla pero esta vez se tomó su tiempo para vaciar de un largo trago la copa de vino—, un tema espinoso. Y además está la pobre Elena, tan pequeña y tan débil.

—¿Le contó lo de Elena? —preguntó incrédula y al momento se le humedecieron los ojos.

—No hizo falta, eso ya lo sabía. Me gusta estar informado sobre mis vecinos.

Don Matías sacó el pañuelo del bolsillo exterior de su chaqueta y se lo ofreció. Ella no dudó pues sentía vergüenza de aquellas lágrimas y necesitaba ocultarse de posibles miradas extrañas.

—Gracias —dijo en voz baja.

—Pero si está en mi mano, también me gusta cuidar de ellos. Quédatelo —dijo cuando ella le devolvía el pañuelo—. Ya le dije a tu marido que puedo ayudaros. Conozco a buenos médicos dentro y fuera del país; y por la deuda… —Hizo una pausa y se acercó más hacia la chica. Ella notó su fuerte olor a Varón Dandy y a tabaco— digamos que también conozco a la gente adecuada.

—Se lo agradezco mucho, don Matías.

—Como le dije a Javier ¿si no nos cuidamos entre nosotros quién lo va a hacer? —Posó su mando sobre la de ella—. Todos necesitamos ayuda.

La chica apartó la mano de golpe y nerviosa paseó su vista por todo el bar. El camarero estaba situado al otro extremo de la barra de espaldas a ellos ocupado secando unos vasos y los demás clientes mantenían la miraba baja, concentrados en sus propios asuntos. Se cruzó con su reflejo al otro lado de la barra entre dos botellas de licor. No pudo sostenerse la mirada mucho tiempo.

—Lo siento, don Matías. Pero me tengo que ir —Se colgó el bolso del hombro y echó a andar.

—Piénsatelo. Yo no rechazaría mi ayuda a la ligera.

Asió el pomo de la puerta y la abrió ante la atenta mirada de los clientes. Sentía los ojos de don Matías clavados en la nuca. Se detuvo unos instantes, el aire de la calle se mezcló por unos segundos con el del interior; olía a tierra mojada, a frío, a castañas asadas… a vida. Cuando soltó el pomo, la puerta se cerró sola y todo el mundo volvió a bajar la cabeza. Todos menos don Matías, que mostraba sus dientes en un nuevo intento de sonrisa triunfal.


 

Si os ha gustado el relato os agradecería que lo compartierais en vuestras redes sociales o redes personales. Y luego os podéis tomar una buena copa de vino que os lo habréis merecido.

 

Photo by Aaron Mello on Unsplash

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