¡Hola a tod@s!

¿Qué tal estáis? ¿Cómo lleváis estos gélidos días de invierno en el hemisferio norte? Para los que estéis en el hemisferio sur disfrutando del verano, quiero que sepáis una cosa: ¡Os envidio! Pero tranquil@s que hoy no vengo a hablaros del clima. Aunque reconozco que es un tema que daría para muchos viajes en ascensor, hoy no hablaré de eso.

Me acabo de dar cuenta de que, al igual que hoy, en los dos artículos anteriores donde os hablaba de El sentido de la vida y de El Reto Lector de 2017 he usado imágenes destacadas en la que aparecían niños. No sé si tendrá algo que ver con mi reciente paternidad, pero es una anécdota que me ha llamado la atención. Quizás en los anteriores artículos no, pero hoy sí, hoy la imagen viene muy a cuento.

Hoy os vengo a hablar de algo tan universal como el tiempo, como el sol, como la lluvia o el viento. Hoy vengo a hablaros del amor, y más concretamente del primer amor.

El siguiente relato lo escribí hace tiempo, pero nunca terminaba de estar del todo satisfecho. Lo he modificado tantas veces que ya ni recuerdo como era al principio. Pero creo que esta vez he conseguido una versión que me gusta y prefiero dejarlo así. Espero que a vosotros también os guste.


Tardes de Juegos

Llevaba toda la semana empaquetando cosas en cajas, apilando una caja sobre otra en el salón a la espera de que llegaran los transportistas para cargarlas en el camión. No era como me había imaginado pasar los últimos días de mis vacaciones, pero no tuve elección.
Cuando mis padres me dijeron que se mudaban, que vendían la casa y dejaban para siempre la ciudad donde había pasado toda mi juventud, en lo último que pensé fue en lo dura que sería la mudanza. Pero después de tantos días, la nostalgia y los recuerdos habían dado paso a las ganas por deshacerme de todos aquellos trastos inútiles y volver a mi piso, incluso a la oficina.
Fue mientras llenaba una de las últimas cajas cuando la encontré, junto a otras viejas fotografías metidas en un sobre sin abrir. Se la podía ver sonriendo a cámara mientras me pasaba el brazo por encima del hombro. ¿Cuánto tiempo había pasado desde aquello? ¿Por qué nunca había visto esa foto?

No recordaba su nombre, podría ser María, Laura o Ana. Sólo sabía que era sencillo, de los de toda la vida. Si no hubiera sido por la foto tampoco habría sabido cómo era su cara o si tenía algún rasgo característico.
Tendríamos siete u ocho años. Era la hija de los dueños del bar de abajo, con los que mis padres habían entablado amistad y esa fue la razón de que empezara a subir a jugar. No recordaba cuándo fue la primera vez, pero sí el esperarla en la puerta de casa, notar como los nervios se expandían por mi interior y sentir que el pulso se me aceleraba en cuanto escuchaba sus pasos por la escalera. No lo sabía entonces, pero aquello era amor.
Nos encerrábamos en mi habitación para que mi hermano no nos molestara mientras jugábamos. Porque eso es lo que hacíamos todo el tiempo, jugar. Ella era hija única y siempre intentaba convencerme para que lo invitara a participar, pero yo prefería que lo hiciéramos a solas. De vez en cuando daba mi brazo a torcer y le permitía que se nos uniera, pero en cuanto tenía la más mínima oportunidad lo enviaba fuera de mi cuarto con cualquier excusa.
Ignoraba en qué momento cambió todo, pero lo hizo. Tenía una clara imagen junto a ella, en el rincón más escondido de mi habitación, con su mano cogiendo la mía mientras hablábamos de lo que nos gustaría hacer, de cómo sería nuestro futuro en común. Aquellas tiernas palabras fueron dando paso a actos menos inocentes, a pequeñas caricias, a suaves arrumacos, a dulces besos en los labios.
No tenía claro si aquello surgió de mí pues hasta entonces nunca había pensado en esas cosas. Tampoco sabía si fue cosa suya. Lo único seguro es que me hacía sentir especial, feliz. Pero al mismo tiempo sospechaba que no estaba bien, que era algo prohibido. Algo sobre lo que no debíamos decir nada. No sabía si ella se lo contó alguna vez a alguien, si también era su primera vez o qué pensaba de todo aquello. Solo sabía lo que yo sentía durante esos momentos y las ganas que tenía de volver a verla.
Desconocía si nuestras tardes de juegos sucedieron a lo largo de días, semanas o meses. Pero de la noche a la mañana dejó de venir a casa. No hubo enfado, pero tampoco despedida. Simplemente dejamos de vernos y yo seguí con mi vida.
Un tiempo más tarde, meses quizás, recordaba haber preguntado a mis padres por ella. Habían trasladado el bar a las afueras de la ciudad pero no se me ocurrió preguntar el porqué. Lo asumí y seguí con mis cosas.
La vida pasó, crecí y dejé de tener ocho años para siempre. Fui al instituto, a la universidad, conocí a otras chicas, empecé a trabajar y me olvidé de ella por completo. Hasta que me encontré con esa fotografía entre las manos.

Decidí darme un respiro de tantas cajas  y salí a dar una vuelta por mi ciudad. Necesitaba despedirme de ella porque no sabía si volvería alguna vez a pisar sus calles.
Quizás fuera el destino, mi subconsciente o la sed que me daba el paseo bajo aquel sol de Mayo, pero terminé mi camino a las puertas de un bar. Un bar en el que no había estado nunca, pero cuyo nombre me era familiar. Entré, me senté a la barra y le pedí a uno de los camareros un vaso de agua y una cerveza bien fría.
Un rato después pensé que ya iba siendo hora de volver a casa. Fui a sacar la cartera para pagar cuando de pronto salió una chica de la cocina. Era castaña, con el pelo largo y liso recogido en una coleta y debería rondar mi misma edad. Sentía que la conocía de algo, tal vez de vista; de mis años de juventud cuando salíamos todos por los mismos lugares. Decidí preguntarle.
—Perdona —dije levantándome para que me viera bien—, tu cara me suena ¿Nos conocemos?
—No creo —me respondió con amabilidad tras fijarse en mí—, no te había visto nunca. Quizás me confundes con otra persona.
—¿Hace mucho que trabajas aquí? —insistí.
—Este es el bar de mis padres —respondió—. Vivimos aquí desde siempre.
—Quizás tengas razón—dije rindiéndome. La notaba incómoda con tanta pregunta—. Te habré confundido con otra persona.
—No pasa nada —Sonrió—. ¿Quieres algo más?
—No, gracias —Con cierta decepción saqué cinco euros de la cartera y se los entregué—. ¿Te cobras, por favor? —Recogí las vueltas y salí de allí.

Una vez en la calle me detuve a leer el cartel del bar y luego miré alrededor. Aquel barrio era el que me contaron mis padres y ese podría ser perfectamente su bar, esa chica podría ser ella. Me quedé observándola a través del ventanal. ¿Debía decirle quién era yo? ¿Se acordaría de mí? ¿Y si no era ella? De pronto pasó por mi lado una niña pequeña y entró por la puerta del bar. No tendría más de diez años y se parecía mucho a la niña que estaba conmigo en la foto. Cuando vio a la chica corrió hacia ella y se lanzó en sus brazos, lo que dibujó una amplia sonrisa en el rostro de su madre. Entonces lo tuve claro. Me marché de allí sin decirle nada, se le notaba feliz y no vi la necesidad de molestarla con recuerdos. Recuerdos de una chica para quien ella había sido su primer amor pero que, aunque no la había olvidado, ni siquiera sabía cómo se llamaba.


Si os ha gustado el relato podéis difundir la palabra por vuestras redes sociales (virtuales o físicas). Y si comentáis aquí abajo vuestras impresiones o lo que queráis, pues también os lo agradecería.

Hasta la próxima, que vendrá llena de novedades y sorpresas. ¡Permaneced atent@s a vuestras pantallas!

Photo by Annie Spratt on Unsplash

Anuncios